
A 15 años del levantamiento, la comunidad purépecha de Cherán K’eri mantiene su gobierno por sistema normativo propio, el primero en México: expulsó al crimen organizado y a los partidos políticos, recuperó su territorio forestal afectado por la tala ilegal y sostiene un sistema de organización basado en asambleas, fogatas y estructuras comunitarias de seguridad.
Texto y fotografías: Mario Marlo / @Mariomarlo
El 15 de abril de 2011, antes de las seis de la mañana, un grupo de mujeres se apostó en el Calvario, el punto más alto del centro de Cherán K’eri, en la Meseta P’urhépecha del estado de Michoacán. Los camiones cargados con madera bajaban por esa ruta desde hacía meses. Esa madrugada, las mujeres los detuvieron. Los operadores de los vehículos respondieron intentando lanzar los camiones sobre ellas. La comunidad, que durante años había contenido el miedo, respondió.
Quince años después, Cherán K’eri es el único municipio de México que no celebra elecciones con partidos políticos. Se gobierna por usos y costumbres a través de un Concejo Mayor electo en asamblea. Tiene su propia fuerza de seguridad. Sus bosques, que llegaron a tener más de 20 mil hectáreas devastadas por la tala ilegal, superaron el ciento por ciento de reforestación. El 15 de abril de 2026, día de su decimoquinto aniversario, el Calvario volvió a llenarse.
La decisión de no votar más: autonomía y organización comunitaria
Entre 2008 y 2011, grupos de talamontes con protección del crimen organizado extrajeron entre 10 mil y 20 mil hectáreas de bosque comunal del territorio de Cherán. Las estimaciones varían según la fuente: José Trinidad Ramírez Tapia, integrante del primer Consejo Mayor, habla de “más de 10 mil hectáreas”; el artículo académico de Jurhamuti José Velázquez Morales y Luz María Lepe Lira, publicado en el International Journal of Multicultural Education en 2013, documenta “cerca de 20 mil de las 28 mil hectáreas de bosque comunal.” Lo que no está en disputa es la mecánica del despojo: los talamontes operaban en flotillas de decenas de camiones, algunos de ellos con armamento, y contaban con la complicidad o la inacción de la policía municipal y de funcionarios del sistema de partidos.
“Pasaban entre 250 a 300 carros de madera diarios, diarios, diarios”, recordó Ramírez Tapia durante el acto conmemorativo del 15 aniversario. “Ellos sembraron el miedo, el terror dentro de la comunidad, porque aquellos que se atrevieron a defender su bosque pues fueron cobardemente asesinados”.
El detonante directo del levantamiento fue la llegada de los talamontes al Jaratin, uno de los ojos de agua más importantes del territorio comunal. Ramírez Tapia lo describió como un lugar “hasta cierto punto sagrado”: un manantial que desde niño le habían enseñado a respetar. Cuando los operadores de la tala llegaron y derribaron árboles en ese sitio, las mujeres que ya llevaban semanas organizándose decidieron adelantar la acción que tenían programada para el domingo. La cambiaron al viernes 15 de abril.

El movimiento que surgió esa mañana no se limitó a expulsar a los talamontes. En los meses siguientes, mediante asambleas de barrio y asambleas comunitarias, los comuneros de Cherán decidieron dos cosas: desconocer al presidente municipal en funciones, y no participar en las elecciones federales de noviembre de 2011. El presidente fue sacado de la comunidad por los propios comuneros. “Él ya no era nada en el pueblo ya”, relató una mujer comunera entrevistada en el Calvario.
La decisión de no participar en elecciones con partidos políticos obligó a la comunidad a buscar respaldo legal. En 2012, la Suprema Corte de Justicia de la Nación reconoció el derecho de Cherán a gobernarse por usos y costumbres, amparado en el artículo segundo de la Constitución, que garantiza la libre determinación de los pueblos indígenas. El proceso legal no fue inmediato ni sencillo.
“Recuerdo muy bien cuando los magistrados dijeron: ‘No, no es posible hacer este tipo de normas como las que ustedes están mencionando’”, relató un integrante de la primera coordinación general en el acto del 15 aniversario. “En esa primera visita salimos muy desanimados. Teníamos miedo de llegar a nuestra comunidad y decirles a nuestra gente que lo que estábamos planteando no iba a ser posible.” La sentencia finalmente fue favorable. Los comuneros la recibieron en la Casa Comunal, viendo la transmisión en vivo.
El gobierno que resultó de ese proceso se llama Concejo Mayor de Gobierno Comunal, o en p’urhépecha, K’eri Jánaskakua, explicó Ramírez Tapia. “Es decir que este consejo era el que tenía grandes principios y grandes pensamientos.” Está integrado por doce personas elegidas desde las fogatas, luego por barrio y luego por toda la comunidad. El método de elección no es el voto secreto, sino el respaldo: el candidato que reúne más personas formadas detrás de él resulta electo. No hay campañas. No hay partidos. El candidato debe cumplir con tres principios p’urhépecha documentados por Velázquez Morales y Lepe Lira: sesï irekua (vivir bien en lo personal, familiar y social), kaxumbékua (valores éticos comunitarios) y juramúkua (la capacidad de dirigir y organizar).
En Cherán, si el representante no cumple, la comunidad puede destituirlo. “Si el líder no trabaja por el pueblo, el pueblo puede tener la determinación de destituirlo”, señaló Cristina Sánchez Chamán, maestra de educación especial no originaria de la comunidad, en uno de los relatos recogidos por la Fogata Kejtsitani y el Consejo de Jóvenes Cherán K’eri en el compilado Juchaari Uandakua (2018).
A 15 años del levantamiento, Cherán tiene pendientes legislativos. “En la Constitución no se habla de concejos, solamente está la figura del ayuntamiento”, advirtió un integrante del primer Concejo Mayor en el acto del 15 aniversario. “Parece que los legisladores o nuestros políticos están pensando que hasta que no haya otra revolución se van a empezar a atender cosas.” Al momento de esta conmemoración, en Michoacán existen 50 comunidades en situación de libre determinación.
Las fogatas: de barricada a institución
La primera fogata no fue planificada. Fue una respuesta al frío, al miedo y a la necesidad de no estar solos.
Los acuerdos tomados en los primeros días del levantamiento, documentados por Velázquez Morales y Lepe Lira, se solicitó a todos los habitantes que se concentraran en las esquinas de la comunidad y prendieran fogatas para mantenerse en estado de alerta. Se instalaron barricadas en las entradas estratégicas del territorio. Se acordó un sistema de señales mediante cohetes: una detonación indicaba calma, tres indicaban movilización. Se autoimpuso una ley seca para asegurar que todos pudieran reaccionar.

Las fogatas se instalaron en los cuatro barrios de Cherán. “Yo agradezco también mucho a las 189 fogatas que se formaron”, señaló un comunero durante el acto conmemorativo del 15 aniversario. Las estructuras permanecieron encendidas desde abril de 2011 hasta febrero de 2012, cuando tomó protesta el Concejo Mayor.
Las estructuras comenzaron como lonas y fuego. “Primero empezaron como una simple lona y una fogata por la noche para que los hombres vigilaran o alertaran de la llegada de los talamontes”, escribió José Eduardo Jerónimo Uribe, uno de los jóvenes cuyos relatos integran Juchaari Uandakua. Con los días, las familias construyeron cocinas, levantaron paredes de costales con arena para detener balas, instalaron altares religiosos y techados de teja. Las fogatas se convirtieron en el espacio físico donde la comunidad comía, dormía, deliberaba y tomaba decisiones.
“Aquí lo placábamos. Ahora, ¿Qué vamos a hacer?¿Qué sigue? ¿Qué hacemos?”, recordó una mujer comunera entrevistada en el calvario. “No, pues hay que hacer esto, que vamos a ir a México, que va haber marcha”.
Los suministros escasearon desde los primeros días. Las tiendas cerraron. Los comuneros que intentaban salir a traer verduras de Zamora eran interceptados en la carretera. “Si nuestros ciudadanos de aquí iban a Zamora a traernos verduras, allá en la carretera les salía la delincuencia organizada y no los dejaban pasar, los agredían”, narró una comunera.
La comunidad sobrevivió con maíz sembrado localmente, con lo que familias de otras comunidades y estados enviaban como solidaridad, y con lo que comuneros cheranenses radicados en Estados Unidos remitieron desde el norte.
En ese contexto de sitio, las fogatas cumplieron funciones que rebasaban la vigilancia. Fueron espacios de asambleas de barrio. Desde ellas se propusieron y eligieron a los integrantes de la ronda comunitaria y, eventualmente, a los integrantes del Concejo Mayor. Maestros que vivían en el barrio impartieron clases en las fogatas cuando las escuelas permanecieron cerradas.
Las mujeres cocinaron para todos, sin distinción. “Si cocíamos frijoles, todos comíamos frijoles”, recordó la comunera entrevistada en el Calvario. “Aquí ya todos mirábamos como hermanos, aquí no hacía distinción.”
A quince años, las fogatas existen como institución. Cada comunero de Cherán se identifica por su barrio y por su fogata. “Si mencionas la fogata quiere decir que estás participando como comunero y cumples con tus responsabilidades como tal”, explicó Ramírez Tapia. “Aquí si no mencionas el barrio y la fogata, no tienes voz ni tienes voto.” La fogata es también un concepto doméstico: en la mayoría de las casas de Cherán, según relatan las mujeres del barrio cuarto entrevistadas durante una reunión en fogata, existe un espacio para el fogón de leña, independientemente de que la vivienda sea moderna. “En todas las casas hay fogatas”, señaló una de ellas.
La tradición de la parankua —el fogón como espacio de diálogo, transmisión cultural y toma de decisiones— tiene raíces anteriores al levantamiento de 2011, según documenta el artículo académico de Velázquez Morales y Lepe Lira: “La parankua ha educado a las comunidades desde antes de la llegada de las escuelas.”
La ronda tradicional: seguridad sin sueldo
El 1 de julio de 2025, un integrante de la ronda comunitaria de Cherán fue asesinado cuando un grupo intentó ingresar al territorio por la fuerza. El pueblo respondió. “Se levantó otra vez el pueblo”, dijo una mujer comunera entrevistada en los días previos al 15 aniversario.

La ronda que existe en Cherán tiene dos capas. La ronda comunitaria opera con recursos del municipio autónomo y reemplazó a la policía municipal que fue expulsada en 2011. La ronda tradicional es distinta.
“La ronda tradicional nace desde mucho antes del sistema de partidos políticos, donde las comunidades indígenas tenían la necesidad de resguardar a su propia comunidad”, explicó un integrante activo de esa estructura, en entrevista realizada en el marco de los actos del 15 aniversario. “Son personas voluntarias que lo único que hacen es resguardar el bienestar de sus comuneros. La ronda tradicional no percibe ningún sueldo, no percibe ninguna compensación.”
El entrevistado describió la figura histórica: hombres que recorrían el territorio por las noches con gabán, sombrero y pañete, invitando a los que estaban fuera a regresar a sus hogares. “Cherán lo ha retomado a partir del 2011 por una necesidad que surgió en el momento en el cual se quitaron todos los partidos políticos, viendo que el gobierno en ese entonces en turno pues no daba la seguridad a la comunidad.”
La policía municipal que existía antes del levantamiento no solo no brindó seguridad: según los testimonios recogidos en la comunidad y documentados por Velázquez Morales y Lepe Lira, los comuneros vinculaban a algunos agentes con las desapariciones y asesinatos de quienes comenzaban a organizarse. “Nos dimos cuenta de que nadie va a venir a cuidar ese hogar más que nosotros”, afirmó el integrante de la ronda tradicional. “Tenemos que enfocarnos en resguardar, promover y fomentar que tenemos que ser el llamado a nuestra comunidad.”
La ronda opera en coordinación con el Concejo Mayor y con el Grupo de Guardabosques, figura que surgió de las fogatas para proteger el territorio forestal. José Trinidad Ramírez Tapia mencionó que una de las primeras acciones del gobierno autónomo fue abrir brechas en el territorio para dos propósitos: que la ronda pudiera trasladarse con mayor rapidez a cualquier punto de incidencia, y que pudieran trasladar planta para la reforestación.
El requisito para integrar la ronda tradicional, según su integrante entrevistado, no es formal: “Simplemente las ganas de sentir que es tu comunidad y las ganas de sentir de que tienes que resguardar a tu comunidad.” La satisfacción que describe no es económica: “Ver a los niños caminar a altas horas de la noche, a las mujeres y hombres caminando sin preocupación de la inseguridad que se vive a nivel nacional.”
Las mujeres que dijeron ya basta
El levantamiento del 15 de abril de 2011 lo iniciaron mujeres. Los testimonios de comuneras y comuneros de distintas generaciones lo sitúan así, de forma consistente, en la memoria colectiva de la comunidad.
“Las señoras se organizaron”, recordó Ramírez Tapia. “Estaba programado para el domingo, pero debido a esa acción que hicieron, entonces dijeron: ‘No, ya es hoy.’ Y la programaron para el 15, un viernes.” La acción que precipitó la decisión fue la llegada de los talamontes al Jaratin.
La acción de esa madrugada no fue improvisada. Meses de organización precaria, sostenida en el silencio y el miedo, precedieron al 15 de abril. Una comunera entrevistada en el Calvario narró que el miércoles anterior al levantamiento encontró en la calle unos volantes que convocaban a organizarse en defensa del bosque. “El bosque es de todos, no pertenece a ningún partido político”, decía el texto, según su relato. El viernes ocurrió el movimiento.
“Fue más mujeres”, afirmó la misma comunera al ser preguntada sobre quiénes participaron al inicio. “Porque las mujeres les dijeron a los hombres: ‘Si ustedes no pueden, nosotros vamos a poder. Si ustedes no se animan y no quieren hacer algo, nosotros podemos’.” La comunera narró que ella misma, con una fractura en la pelvis de la que no se había recuperado, estuvo en el Calvario esa mañana y estuvo a punto de ser arrollada por uno de los camiones.
El relato de María de Jesús Huaroco Sánchez, publicado en Juchaari Uandakua (2018), describe a “cinco mujeres de la comunidad de Cherán” que iniciaron el movimiento “cubiertas de sus rostros, sin importarles de que si morirían o no.” María Soledad Velázquez Tapia, otra comunera, señaló que el levantamiento debe leerse también como una historia escrita por “aquellas dignas mujeres que se levantaron al son de un ‘ya basta’.”
La participación de las mujeres no terminó esa mañana. En las fogatas, según documenta el artículo académico de Velázquez Morales y Lepe Lira, “la participación de las mujeres, desde el nacimiento de las fogatas, fue indispensable para el cuidado del fuego y del alimento. Pero además ellas ejercieron el fortalecimiento espiritual por medio de oraciones y ayudaron a resguardar a los menores. También generaron propuestas para el movimiento.”
Las mujeres del barrio cuarto, entrevistadas en una fogata, relataron la historia de la guarda nocturna desde las primeras semanas: cocinando, organizando turnos, yendo a las marchas a Morelia y a la Ciudad de México, manteniendo informadas a las fogatas de cada cuadra.
Una de ellas, cuyo esposo trabajaba como resinero y perdió su empleo cuando los talamontes ocuparon el bosque, narró cómo la familia sobrevivió con el maíz de la milpa y cómo sus tres hijos —una psicóloga educativa, un maestro y un ingeniero civil— continuaron sus estudios en ese período.
A quince años, la situación de las mujeres dentro de la comunidad autónoma contiene tensiones documentadas. María Soledad Velázquez Tapia escribió en Juchaari Uandakua: “Reconoce la realidad de las mujeres pues aún se encuentran en una violencia latente originada por el machismo y fortalecido en gran medida por las mismas mujeres de la comunidad.”

La misma autora señaló que el levantamiento abrió espacios, pero que persiste la necesidad de que esos espacios se amplíen: “Recuerda cómo ellas dieron inicio a este proceso para construir una reorganización de la comunidad, y que representa las voces de las abuelas, que son las voces de las madres y son las voces de las hijas; voces que piden ser escuchadas.”
A quince años del levantamiento, Cherán K’eri ha reforestado más del ciento por ciento de las hectáreas devastadas entre 2008 y 2011. El gobierno autónomo opera con tres tipos de reforestación: institucional, social —que involucra desde niños de preescolar hasta estudiantes universitarios— y comunitaria. “Ya es como que todos asumimos la vocación de sembrar un árbol”, afirmó Ramírez Tapia.
La comunidad opera con señal de alerta permanente. La barricada de entrada tiene vigilancia las 24 horas. La ronda tradicional recorre el territorio sin remuneración. El Concejo Mayor ha presentado controversias constitucionales y ganado al menos una de manera histórica, en 2014, cuando el Congreso de Michoacán no armonizó las leyes locales con los derechos de las comunidades indígenas en el plazo establecido.
Los desafíos que comuneros nombraron en el acto del 15 aniversario incluyen: la ausencia de reconocimiento constitucional explícito a la figura del consejo comunal, la representación política de las comunidades autónomas ante el Estado, y el alcoholismo y las adicciones como problemas internos que la propia comunidad señala con nombre.
“No queremos que solamente sea folclor”, advirtió un integrante del primer Concejo Mayor, dirigiéndose a las autoridades visitantes en el acto conmemorativo. “Queremos que sea una cuestión de pensamiento y de actuar conforme a lo que nosotros nos decidió salir ese 2011, que no fue arribar al poder, fue salvar y guardar la lucha por la vida y para la comunidad en general.”
Afuera de la Casa Comunal fue develada una placa conmemorativa al decimoquinto aniversario del movimiento. La inscripción dice que quienes cayeron “con pisadas firmes dieron vida para continuar nuestro caminar” y que “sus nombres florecen en cada árbol que crece en el cielo de Cherán.”
En la placa están escritos los nombres de los 17 comuneros y comuneras que perdieron la vida en el camino hacia la autonomía: Plácido Fabián Ambrocio, Rafael García Ávila, Armando Jerónimo Rafael, Tirso Madrigal Fabián, J. Jesús Hernández Macías, Alfredo Macías Pañeda, Hilario Gembe Estrada, Jesús Sebastián Ortiz, Urbano Macías Rafael, Domingo Chávez Juárez, Santiago Ceja Alonso, Alfredo Macías Cucué, David Campos Macías, José Guadalupe Jerónimo Velázquez, Armando Hernández Estrada, Pedro Juárez Urbina y Francisco Macías Sánchez. Ahí, sus familiares pasaron lista, gritaron consignas, se abrazaron.
“La comunidad estaba fragmentada, producto de un año electoral que nos dejó divididos, y eso facilitó que el crimen organizado encontrara condiciones para entrar y aprovecharse de la riqueza de nuestros bosques”, recordó José Trinidad Ramírez Tapia, integrante del primer Concejo Mayor de Cherán K’eri, durante los actos conmemorativos por el 15 aniversario del levantamiento.
La crónica se publicó originalmente en somoselmedio.com, se reproduce con el consentimiento del autor.









