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Claudia Sheinbaum arropa a Beatriz Mojica

Escribe: Ulises Domínguez

Fotografía: Luis Daniel Nava

La elección de la senadora con licencia Beatriz Mojica Morga como coordinadora en Guerrero de la Transformación, por parte del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena), pasará a la historia como la que más inconformidad ha generado, desde que este partido implementó a escala nacional este mecanismo para elegir a sus candidatos a puestos de elección popular, hasta la fecha.

No sólo entre aspirantes perdedores hubo abiertas manifestaciones de rechazo a la designación, sino, sobre todo, entre la militancia, incluso entre quienes mantenían una posición, digamos, neutral; es decir, que no se inclinaban por ningún aspirante ni lo rechazaban, sino que esperaban que se eligiera a quien mejor representara las causas morenistas.

Fue tal la polémica que desató este asunto, que la propia presidenta de la República, Claudia Sheinbaum Pardo, tuvo que salir a tratar de parar los cuestionamientos. Pero lo hizo en términos por demás lamentables. De entrada, fijó su posición en torno al tema desde su conferencia mañanera, hecho que constituye cuando menos una irregularidad sino es que una ilegalidad. En la Mañanera, Claudia Sheinbaum habla como cabeza del gobierno federal; es decir, como jefa del Estado mexicano, y no puede despojarse a medio partido de esa investidura para erigirse como líder y vocera de su partido.  Ella es la presidenta de todos los mexicanos y todas las mexicanas -aunque la derecha no quiera reconocerla como tal- y debe de conducirse con neutralidad o incluso alejarse de estos temas. Puede sí dar la batalla contra los enemigos de su gobierno, concretamente, la ultraderecha en estos momentos. Pero no puede intervenir ni siquiera discursivamente en la competencia partidista.

En segundo lugar, defendió la designación de Beatriz Mojica con un argumento demasiado falaz. Dijo que la flamante coordinadora guerrerense de la 4T es senadora del Morena desde 2024, y que si bien no viene desde la fundación del partido, muchos gobernadores morenistas tampoco se sumaron al proyecto en aquel momento. «Morena se fue construyendo con personas que venían de distintos lugares, convencidas del proyecto», arguyó la mandataria. Recalcó que Beatriz Mojica ganó la encuesta, y dijo, sin temor al resbalón, que «es de sabios cambiar de opinión».

Este discurso de la presidenta es peligroso para la idea de que el Morena es un partido que busca erradicar las viejas prácticas de la política mexicana, porque pareciera que para ella, el chapulineo es producto del cambio de opinión gracias a la sabiduría, no a la ambición desmedida por el poder, como ocurre en todos los casos en los que se presenta este fenómeno.

Con este criterio, lo único que hace la presidenta es convalidar a la caterva de personajes nefastos que repudia la militancia bien intencionada del Morena, como Ricardo Monreal, Adán Augusto López y Cuauhtémoc Blanco, entre otros muchos que se sumaron al partido por intereses muy particulares, sin importarles en absoluto el proyecto de transformación que dice enarbolar el morenismo.

Se podrían citar varios ejemplos de que en política cambiar de opinión, más que de sabios es de convenencieros o al menos de concepciones equivocadas.

Uno de estos ejemplos es Carmen Aristegui, que durante los gobiernos del PRI y del PAN se asumió como crítica implacable de estos regímenes, actitud que le confería un halo de periodista de izquierda combativa. Pero ahora que ambos partidos quedaron relegados al papel de opositores extraviados, se sumó a sus causas y asume posiciones muy semejantes a las de los periodistas chayoteros que antaño se enriquecían con las grandes sumas que les entregaba el gobierno. Porque una cosa es hacer periodismo crítico y otra muy distinta es ser detractora por sistema, por esa idea bastante bastardeada de que el periodista es la contraparte del gobierno, sin importar qué clase política está en el gobierno, sin importar a quién sirve el gobierno, a quién beneficia, a quién oprime. Esos periodistas quieren criticar al gobierno sin preguntarse qué clase lo controla o qué tan fundametadas estás sus críticas.

Así que no, no en todos los casos es de sabios cambiar de opinión. Este apotegma se refiere a rectificar, a corregir errores, no a simular.

Respecto a Beatriz Mojica Morga, si bien se integró al Morena en 2019, no fue por tener firmes convicciones de izquierda y mucho menos por su determinación de contribuir a la consolidación de una cuarta transformación del país. Lo hizo porque, bajo un frío cálculo, vio con claridad que el partido en el que militaba, el PRD, se estaba hundiendo irremediablente, y que la única tabla de salvación para continuar su carrera hacia el poder era el partido que fundó Andrés Manuel López Obrador, que para ese entonces ya tenía perfiles que lo delineaban como una poderosa maquinaría electoral, desde la que sin duda tenía posiblidades de lograr sus objetivos de poder.

Así que no, su incorporación al partido oficial no fue una decisión sabia, en la mejor acepción de la expresión. Se trató de su conveniencia personal. Cuando ella ingresó al Morena tenía cuarenta y cinco años, de los cuales casi treinta los había dedicado a la política, si como ella misma presume empezó a participar en 1987, en lo que fue la génesis del PRD. A esa edad y con esa trayectoria, difícilmente se puede ignorar qué es izquierda y qué es derecha. No es difícil distinguir entre un político comprometido que busca el bien común y un político sin escrúpulos que sólo busca el poder por el poder.

Y cito esto porque de esos casi treinta años de carrera política, Beatriz Mojica pasó la mayor parte al lado, precisamente, de personajes ambiciosos, carentes del menor compromiso social. Como mucho se ha repetido, ella estuvo, primero, en el grupo perredista de Los Chuchos, que por su falta de principios sepultaron al PRD, y, segundo, en el grupo de Ángel Aguirre Rivero, exgobernador de corte frívolo y caciquil hoy preso por el caso Ayotzinapa. Así que no se le conoce participación en algún episodio loable dentro de la lucha política por construir una sociedad más justa y democrática. 

Además, Mojica Morga no se ha distiguido como una política de gran intelecto con altura de miras. No ha desempeñado un papel relevante como funcionaria, ni ha hecho grandes aportes como legisladora. Más bien ha sido una política gris, opaca, que se mueve en las sombras del poder.

Así que no, que no nos venga la presidenta con que cambiar de opinión es de sabios. Porque lo único que hace con esto la mandataria es confirmar lo que planteé la semana pasada en este mismo espacio: que la cúpula morenista trata a su base con un desdén insultante.

Y por mucho que la presidenta la respalde, aquí en Guerrero la candidatura de Beatriz Mojica se traducirá en un descalabro para el Morena, ya que no alcanzará ni siquiera la votación que tuvo la actual gobernadora Evelyn Salgado Pineda, que ganó gracias al efecto López Obrador y, porque no decirlo, a los simpatizantes de su padre el senador morenista Félix Salgado Macedonio, quien, no hay que olvidar, era el candidato original del partido oficial para Guerrero hace seís años.

Aunque, digamos que el Morena tiene casi garantizado el triunfo, no por la presencia electoral de la virtual candidata, sino como consecuencia de que la oposición se encuentra pulverizada, el PRI concretamente, ya que el PAN no figura en las disputas por la gubernatura.

Si Beatriz Mojica quiere obtener un resultado decoroso que le garantice la gobernabilidad del Guerrero bronco, tendrá que tejer muy fino para reagrupar en la medida de lo posible el voto morenista que amenaza con dispersarse a causa de la inconformidad, porque la militancia auténtica del partido guinda puede pasar por alto hasta presuntas vinculaciones de candidatos con grupos delincuenciales, pero no perdona una ofensa en contra de su líder máximo.

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