No encontré una marcha, no encontré una protesta, no encontré un movimiento, encontré una familia. Y por primera vez tuve la certeza de que el futuro también podía pertenecernos.

Esa noche me siento junto a la ventana de mi habitación, escucho a lo lejos la ciudad que sigue haciendo ruido, los camiones, los puestos de comida, los radios encendidos, los perros ladrando. Todo parece exactamente igual.
Por Famosfera y Javier Figueroa*
Son las diez de la mañana y llevo más de una hora frente al espejo. No porque no sepa qué ponerme. Porque no sé si estoy listo para salir.
Me acomodo la camisa de manga corta color crema que compré semanas atrás en un almacén del Centro. Los pantalones acampanados están perfectamente planchados. Me pongo un poco de loción. No mucha. Apenas unas gotas. En aquellos años los perfumes masculinos eran intensos, amaderados, con olor a tabaco, cuero y colonia fresca.
Mi madre cree que voy a reunirme con unos amigos, mis vecinos creen que voy al cine, la verdad es que voy a hacer algo que jamás pensé que haría. Voy a marchar.
Salgo de casa y la Ciudad de México huele a gasolina con plomo, a tortillas recién hechas, a tamales que todavía se venden en ollas enormes y a café de olla servido en vasos de vidrio.
En la radio del taxi suena José José. No recuerdo exactamente qué canción. Tal vez “Lo pasado, pasado”. Tal vez “Gavilán o paloma”. En esa época José José sonaba en todas partes. También: Camilo Sesto, Rocío Dúrcal o Juan Gabriel. Y por supuesto la música disco que comenzaba a apoderarse de las pistas de baile.
El chofer no tiene idea de adónde voy. Y yo tampoco estoy seguro de saberlo. Porque no se trata solamente de llegar a un lugar. Se trata de llegar a una versión de mí que llevaba años escondida.
Cuando llego cerca del punto de reunión veo pequeños grupos de personas dispersas. Nadie parece querer llamar demasiado la atención. Algunos usan lentes oscuros. Otros observan constantemente hacia ambos lados.
Muchos fingen tranquilidad, pero se nota el nerviosismo, lo puedo sentir porque yo también lo llevo encima. No somos una multitud, todavía no, somos: estudiantes, artistas, maestros, trabajadores, y jóvenes.
Algunos ya peinan canas; hay mujeres tomadas discretamente de la mano, y hombres que se reconocen con una mirada cómplice. Hay personas que por primera vez pueden respirar sin sentirse completamente solas. Y eso cambia todo.
Recuerdo ver cartulinas hechas a mano, pintadas la noche anterior sobre mesas de cocina, con letras imperfectas, con pintura que todavía no terminaba de secar, nada estaba patrocinado.No estaba diseñado para salir bonito en una fotografía, todo era real, brutalmente real.
Alguien comparte cigarros, otro reparte refrescos. Una señora vende tortas envueltas en papel estraza, más adelante un vendedor ofrece esquites con chile y limón. La ciudad sigue funcionando como cualquier sábado, pero para nosotros el mundo acaba de cambiar.
Mientras caminamos escucho risas, e insultos. Los automovilistas bajan la velocidad para observarnos. Personas que se quedan mirando desde las banquetas: Algunas con curiosidad, otras con desprecio, pero ya no importa.
Porque después de tantos años de escondernos, finalmente estamos juntos, por primera vez descubro algo que nunca me habían enseñado, que no éramos pocos, que no éramos raros, que no éramos una excepción, que existíamos. Y que estábamos cansados de pedir permiso para existir.
A medida que avanza la tarde el miedo comienza a desaparecer, lo sustituye algo mucho más poderoso, la esperanza y la sensación de estar viviendo algo que algún día será contado. Algo que nadie podrá borrar.
Cuando termina la jornada regreso a casa agotado, con los zapatos llenos de polvo, con la garganta seca, con el corazón acelerado, con una sonrisa que no puedo ocultar.
Esa noche me siento junto a la ventana de mi habitación, escucho a lo lejos la ciudad que sigue haciendo ruido, los camiones, los puestos de comida, los radios encendidos, los perros ladrando. Todo parece exactamente igual.
Pero yo ya no soy el mismo, porque en algún rincón de la Ciudad de México, durante aquel junio de 1979, encontré algo que llevaba buscando toda la vida.
No encontré una marcha, no encontré una protesta, no encontré un movimiento, encontré una familia. Y por primera vez tuve la certeza de que el futuro también podía pertenecernos.
*Cronista de los recuerdos que nunca se pagan









