
Desde hace más de 40 años, los estudiantes vienen entregando su petición al inicio del ciclo escolar para que el gobierno en turno lo revise y después autorice. Pero para Ayotzinapa la gestión no ha sido fácil, no hay solicitud que no esa reprimida.
Escribe:Kau Sirenio
Fotografías: Comité de prensa de la Normal de Ayotzinapa
Los gritos de los estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa se ahogan con el tableteo de las armas de la Policía federal, estatal y ministerial en la Autopista del sol. En la falda del cerro se esconden entre la maleza, corren cautelosos para no exponerse ante el bramido de los fusiles que los acorrala. Allá en lo alto de la colina, desde un helicóptero, las armas vomitan ojivas hacía los fugitivos que buscan guarecerse de la persecución.
El 12 de diciembre de 2011, día de la Virgen de Guadalupe otros dos jóvenes, como decenas, centenares, miles, de su misma edad que han perdido la vida, fueron abatidos por las balas de quienes el poder político ha dado licencia para asesinar.
Los estudiantes corrieron a buscar refugio, pero no encontraron, tocaron puertas, unos las abrieron, pero de inmediato las volvieron a cerrar: “Nos están matando ayúdanos, somos estudiantes”, suplicaban los muchachos. Nadie les hizo caso.
Mientras que en la Autopista del Sol un iracundo general retirado contestaba airado a los periodistas que le preguntaron porque tanta brutalidad en contra de los estudiantes.
–El gobernador me ordenó limpiar y la carretera está limpia –contestó el general Ramón Miguel Arriola Ibarra, a los reporteros, después de encabezar el operativo para desalojar a los normalistas de la carretera.
Atrás del soberbio militar en retiro, quedaron tendidos dos estudiantes, ambos con balazos en el cuerpo en medio de un charco de sangre. Varios más huían heridos o lesionados ayudados por sus compañeros, y los demás escapaban ilesos de las balas y golpes de los uniformados. Del otro lado varios alumnos eran detenidos y llevados a la barandilla de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero.
A Erick Escobedo, reportero de Semanario Trinchera, lo torturaron desde que lo subieron en una camioneta blanca que lo llevó a su cautiverio. Gerardo Torres, normalista de primer año, fue llevado a una casa abandonada en las periferias de Chilpancingo donde fue torturado para obligarlo a disparar un arma de asalto AK-47, el letal cuerno de chivo.
En la noche, el procurador de Justicia del estado, Alberto López Rosas en la conferencia de prensa dijo que los normalistas atacaron a los policías y que ellos sólo respondieron la agresión. Luego mostró el AK-47 y una granadas que, según dijo, fueron encontrados por los ministeriales. Culpó al estudiante Gerardo Torres de haber disparado en contra de los uniformados.
Algunos muchachos huyeron hacia Tierra Colorada, a unos 45 kilómetros de Chilpancingo. Versiones de los estudiantes, dos de sus compañeros iban heridos.
Tras el desalojo, dos estudiantes fueron asesinados, 24 detenidos, 11 eran estudiantes de Ayotzinapa; cinco de la Unidad Académica de Economía de la Universidad Autónoma de Guerrero; cuatro del Instituto Tecnológico de Chilpancingo y cuatro campesinos del municipio de Coyuca de Benítez.
Sobre el asfalto quedaron piedras, tubos, bombas molotov y decenas de casquillos percutidos de las armas que los policías usaron para matar a los normalistas.
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Reunidos en el comedor del internado, el domingo 11, el comité estudiantil informó a la base que del pliego petitorio nada se sabía. El secretario General del Comité Estudiantil, Pablo Juárez explicó a sus compañeros que Aguirre Rivero no los había recibido para tratar sobre la gestión. Después de un acalorado debate surgieron propuestas para resolver: lo primero y único que fue discutido fue la toma de la Autopista del Sol al día siguiente. La asamblea empezó a las cuatro de la tarde y terminó las 11:00 de la noche.
La petición de ese año, como la de los demás, era sencilla: le pedían al gobernador que dentro del presupuesto de 2012, asignara una partida especial para la emisión y difusión de la nueva convocatoria para nuevo ingreso, el punto central del pliego, y de ahí asuntos como el incremento de matrículas, aumento de raciones del comedor, rehabilitación de los dormitorios, camas, colchones, herramientas de trabajo agrícola y becas para práctica docente.
Desde hace más de 40 años, los estudiantes vienen entregando su petición al inicio del ciclo escolar para que el gobierno en turno lo revise y después autorice. Pero para Ayotzinapa la gestión no ha sido fácil, no hay solicitud que no esa reprimida.
Cuando bien les va a los estudiantes, se emitía la convocatoria, pero del rosario de demandas queda en el escritorio de la Secretaría de Educación Guerrero. Durante muchos años los estudiantes han vivido hacinados en dormitorios con chinches y pulgas. Han llegado a dar sus tres comidas con diez pesos, ahora lo hacen con 30.
En la demanda estudiantil que Ángel Aguirre Rivero no resolvió antes del 12 de diciembre, los normalistas pedían que se les incrementara a 50 pesos de raciones, porque durante la administración de Zeferino Torreblanca Galindo, la ración era de 30 pesos. Ambos gobernadores fueron propuestos por el Partido de la Revolución Democrática (PRD).
–Nuestra demanda era sencilla: aumento de matrícula de 140 a 170, 30 espacios más que sería para los hijos de los campesinos; además de incremento de la ración (beca alimenticia) de 29 pesos a 50, entrega de materiales para las prácticas, herramienta para labrar la tierra de cultivo y ganados –recuerda el ex vocero estudiantil, Pablo Juárez.
***
Es 12 de diciembre Jorge Alexis Herrera Pino despertó muy temprano, se enfundó en una chamarra de Ayotzinapa y se encaminó al comedor. Almorzó como los demás huevos con fríjoles que los propios estudiantes cocinaron porque los trabajadores no llegaron a trabajar.
Ese día El Güero, como le decían a Alexis, entró sonriente al comedor. Se formó en la fila, tomó su plato para que le sirvieran el guisado. Mientras comía, platicaba con su compañero que estaba a su lado derecho. Platicaron de las actividades que realizarían: el bloqueo a la Autopista del Sol.
Después de almorzar al regresar a su cubi (habitación), frente a la cooperativa, se encontró con su paisano, Jorge Aldo Hernández López y le dijo resuelto: “vamos con todo paisa, es hoy o nunca”.
–Para nuestra normal es asegurar otros cuatro años más de vida – le confió a su paisano.
Una hora después, todos abordaron los autobuses que los llevó a la Autopista del Sol. Los estudiantes iban acompañados de organizaciones sociales. Los Pelones (los nuevo ingreso) iban contentos ese día, otros con preocupación, en la mirada de algunos de ellos se dibujaba el miedo. Era su primera actividad fuerte como normalistas. De la represión más reciente que el Comité de Orientación Política e Ideológica (COPI), les habían contado del desalojo en el Congreso del Estado el 14 de noviembre, 16 días después fueron atacados por la Policía federal en la caseta de La Venta de la Autopista del Sol.
En el autobús MS iban Los Pelones, sus asientos fueron ocupados de tres a cuatro chamacos. Mientras que integrantes de organizaciones sociales viajaron más cómodos, unos que otros cuarteños (academia de cuarto grado) les hicieron compañía.
José Ángel Sánchez Madero se armó con un palo de escoba para ir a la protesta, pero un compañero le dijo que lo dejara.
–Paisa con ese palo le van a dar en la cabeza, así que mejor déjalo de nada te va servir, no creas que los policías andan con juego –dijo el coordinador de Los Pelones.
A las diez de la mañana, los camiones se despidieron de Ayotzinapa, recorrieron Tixtla hasta llegar al libramiento a Chilpancingo, al pasar en la caseta de cobra de la vía rápida Tixtla-Chilpancingo, una patrulla de la Policía federal siguió a los estudiantes hasta llegar al tramo conocido como Tierra Prieta.
–Salimos de la normal entre las 10 o 10:30 de la mañana a Chilpancingo, íbamos a una protesta, como se acordó en la asamblea de la noche que tomaríamos la Autopista del Sol, allá a la altura de Parador de Marqués –recuerda Guillermo Hernández Castro.
Agrega: “Íbamos preocupados porque sería nuestra primera actividad como Pelones. Pero de lo que más nos preocupaba era que el gobernador no quería firmar nuestro pliego petitorio, así nos la hicieron saber en la reunión de la noche, eso lo dijo el secretario general del comité”.
Al arribar al Parador de Marqués bloquearon en cuestiones de minutos, con algo de creatividad los normalistas cerraron el paso vial con camiones de cargas que circulaban en la autopista a esa hora, otros muchachos, con tronco, llantas y piedra taparon la Carretera.
Jorge Alexis El Güero siempre acomedido, al llegar al Parador de Marqués se dispuso a conseguir piedras y tronco para cerrar el paso a los automovilistas. La acción de los normalistas tuvo éxito, en menos de cinco minutos la vía estaba paralizada.
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Ese día los capitalinos amanecieron con la cruda etílica, en la víspera de la fiesta guadalupana, los colonos velaron a su virgen, en unas casas hubo de todo: cerveza, mezcal, tequila, café y té, de cena pozole y pan, acompañados con música de chile fritos y sonido, mientras que los Ayotzi llegaron en diez autobuses a bloquear la Autopista.
Bajaron de los camiones y de inmediato extendieron las mantas que llevaban, en una se leían consignas como: “Audiencia urgente con el gobernador” o “Queremos clases” y “Solución a nuestro pliego petitorio”.
De otro carril, con troncos y piedras los jóvenes detuvieron los primeros camiones de carga que ocuparon para formar muro de contención, el bloqueo fue rápido. Después de 15 minutos llegaron patrullas de la Policía federal, pidieron a los normalistas que se retiraran del lugar.
Mientras el vocero de los normalistas conversaba con los uniformados de otro extremo apareció el Director de Gobernación, Moisés Alcaraz Jiménez, enfundado en una camisa guayabera blanca, el vestuario del funcionario era impecable que contrastaba con el de los estudiantes que llegaron con huaraches y playeras raila.
–¿Qué quieren muchachos? –preguntó el funcionario.
–Queremos una audiencia con el gobernador, ya son tres veces que nos cancela la mesa de trabajo para resolver nuestro pliego petitorio, además nos preocupa que no haya clases –reviró el secretario General del Comité estudiantil.
–El gobernador no se encuentra en este momento en Chilpancingo, pero miren, yo puedo atender su demanda, díganme que necesitan –insiste Moisés Alcaraz.
La conversación con el funcionario dura escaso cinco minutos. Estudiantes y organizaciones sociales hace un círculo en torno al vocero estudiantil y el Director de Gobernación. Cuando el responsable de la política interior del estado no logra convencer a los normalistas que retiren el bloqueo, se retira hacía el centro comercial Galería Chilpancingo.
El funcionario se retira de ahí, hace una llamada, a los diez minutos regresa al lugar para decirles a los estudiantes que no podía hacer y que no les iban atender, que era mejor se fueran del lugar o asumieran las consecuencias; Los normalistas le contestaron que ellos iban a seguir con su manifestación hasta que el gobernador los recibiera y les diera una respuesta a su demanda.
La media vuelta de Moisés Alcaraz Jiménez generó desconfianza entre los manifestantes, porque justo cuando desapareció del bloqueo, se asomó de lado Norte, la Policía federal y, de lado Sur, la Policía estatal. Ya habían transcurrido 30 minutos. Entonces de nueva cuenta el comandante de la Policía federal mando del operativo vuelve a hablar con la dirigencia estudiantil.
A las 12:00 o 12:05 los normalistas ya estaban encapsulados, hacía el Norte no podían correr porque ahí la carretera estaba en poder de la Policía federal, al Sur, la Policía estatal también controlaban ese lado con armas y gas lacrimógena. La calle que conducen a Galería Chilpancingo se encontraba descubierto, sin embargo es el espacio donde entran la Policía ministerial y empiezan a disparar hacia los estudiantes.
“¡Júntense, júntense, júntense!” gritan los normalistas a sus compañeros mientras se preparaban, hasta ese momento, el peor episodio para Ayotzinapa.
El comité de lucha organizaba a Los Pelones, unos juntaban piedras y otros buscaban palos para defenderse, los muchachos con mirada extraviada voltean a ver a los cuerpos policiaco y se daban animo entre ellos: “No te asuste paisa, no va pasar nada, no creo que nos disparen, nosotros somos estudiantes”, anima.
En cuestión de segundos, en un abrir y cerrar de ojo, Alfonso ya se encontraba rodeado de la policía y los disparos de gas lacrimógena ya formaban una neblina entre la policía y estudiantes. Los Ayotzi mantenían el control entre sus compañeros y el grito desesperante del comité de lucha era “paisa no corran, estemos juntos”.
La garganta juvenil no paraba en repetir consignas: “Ni la lluvia, ni el viento, detendrán el movimiento” o “Ni con tanques, ni metrallas Ayotzi no se calla” y “Ayotzi vive, la lucha sigue/ Ayotzi vive, vive/ la lucha sigue, sigue/ Ayotzi vive, vive, vive /La lucha sigue, sigue, sigue”.
El grupo de los muchachos que se encontraban en medio, se organizan y acuden a ambos flancos, el ataque no cesa, los gritos entre ellos es más recio, uno alcanza decir, avancen compa, ellos están disparando al aire.
Cuando la Policía federal pierde el control y se repliegan, hacia petaquillas los normalistas logran también replegar a los estatales. La victoria dura apenas segundos, porque la Policía federal regresa ahora disparando al aire.

“Traigan piedras paisa, traigan piedra” grita un normalistas, mientras avanzan hacia el Norte, mientras que el frente de lado Sur sufren del embate de gases que los policías estatal disparan hacia los estudiantes.
Con los primeros disparos de la policía, los estudiantes se repliegan, luego se organizan para cuidar a Los Pelones pero al ver que los disparos no disminuyen, entonces entran en la gasolinera y empiezan a regar el aceite para evitar que los uniformados siguieran disparando pero no logran su cometido. Al sur, empiezan las detonaciones, la policía estatal dispara.
La Policía federal toma el control de la gasolinera, en ese momento se desata la ira, con macana en mano la policía empieza a golpear a quien se le cruzara en su camino. Minuto después la gasolinera Eva I es incendiada, un hombre de playera roja avienta una botella con combustible con el que arde en llama la bomba despachadora.
El incendiario sale huyendo, pero es detenido por la policía y lo llevan a una jeta blanca, que llega de lado, el vehículo avanza con lentitud y más delante del lugar es puesto en libertad y desaparece de la escena.
Los normalistas ya descontrolado corren de un lado a otro, Los Pelones siguen resistiendo del embate, los disparos continúan, el rugir de las armas se oye por todos lados, un minuto después que fue incendiada la bomba despachadora, de lado de Galería Chilpancingo, llegan policía ministerial disparando a matar, en la bocacalle en posición de asalto de tiro Rey David Cortés Flores.
Vestido de playera azul cielo y pantalón de mezclilla azul, Cortés Flores se mantiene en posición de tiro en diagonal hacia los normalistas, tres metros de él, también en posición de tiro de asalto, Ismael Matadama Salinas apunta hacia los Ayotzi, en medio de ellos una camioneta blanca los cubre, mientras que la policía estatal corretean a los estudiantes con armas de asalto.
Los ministeriales disparan directo a los chavos; bajo tres fuegos corren los normalistas: la federal sigue apostado en la gasolinera y Norte, al Sur la policía estatal y la ministerial por la bocacalle que va a Liverpool.
Las balas se queman como maíz palomero, los cazadores de estudiantes rosean su odio con el ladrido del R-15. Gabriel Echeverría de Jesús (Cheve) cae boca abajo bañado de sangre sobre el asfalto de la carretera de sur a norte. Muere al instante.
Los Pelones resisten al embate policiaco, de otro extremo los normalistas gritan desconsolados, “lo mataron, lo mataron”. Por el cerro otros responden, “paisa no tengan miedo, es pintura que le tiraron los policías”, así se mueven con mirada aisladas, perdidos entre el miedo y el dolor.
Jorge Alexis al ver que su compañero cae abatido por la bala policiaca grita: “Pónganse con los narcos culeros y no con los estudiantes”.
Nadie escucha el reclamo de El Güero, su grito se va perdiendo con el crujir de los fusiles de los policías, en su desesperación coge unas piedras y se va corriendo para rescatar al Cheve, pero no logra cruzar el muro de contención. Una bala atraviesa su cabeza, muere al instante.
Un muchacho intenta sacar a Alexis de la zona de peligro pero no lo logra, El Güero falleció antes de que su cuerpo se postrara en la carretera, así que el normalista opta por dejar a su compañero para ponerse a salvo.
A las 12:10 horas las detonaciones de armas de fuego se incrementaron y fue cuando cayó muerto el estudiante Gabriel Echeverría de Jesús de Sur a Norte yJorge Alexis Herrera Pino boca arriba de Norte a Sur, cinco metros separan cada uno que yacen en el piso, mientras que su sangre se va secando con el calor del asfalto.
En su desesperación, los pelones buscan salidas pero no lo encuentran, están rodeados. Otros más buscan limpiarse la cara de gas lacrimógena que la policía les echó, por la desviación a Petaquillas, los muchachos detienen una camioneta repartidora de agua, de ahí toman varios garrafones y se echan el agua, mientras los demás buscan romper el cerco policiaco.
“Al ver esa escena de sangre corrimos como pudimos, unos compañero se refugiaron en un taller otros más se fueron al cerro, los disparos convirtieron en caos, nos desorganizamos, perdimos el control como quien dice, todo eso nos dejó pasmado, nunca antes habíamos visto algo así, sabíamos de lo que nos contaron los compañeros de segundo año que en 2007 reprimieron a varios compañeros que hubo heridos pero nunca nos hablaron que la policía utilizara armas para desalojar un bloqueo”, narra un pelón.
Los balazos se intensificaron. Las parabrisas de los autobuses y camiones de cargas quedaron destrozados y las carrocerías con impactos de bala.
Los choferes de los carros particulares, autobuses y tráileres, quedaron atónitos y nerviosos, ante la violencia, ellos atestiguaron los hechos en ambos carriles, unos huían para protegerse de los disparos.
Ahí, el chofer del tráiler con placas 249-DC-5 del servicio público recibió un rozón de bala en la cara, y un anciano que se protegía en el tráiler fue detenido por los elementos policiacos; se desconoce su paradero.
De otro lado Édgar David Espíritu Olmedo ve a Jorge Alexis Herrera Pino convulsionarse en el asfalto por la bala que le atravesó la cabeza y por la que murió segundo después, ambos eran buenos amigos, compartieron los últimos tres años de vida en el internado de Ayotzinapa.
Minutos antes. Corrió dirección al puente del río Huacapa, para refugiarse en Liverpool, logró librarse de los disparos por todas partes de la carretera, vio policías uniformados; en su huida de la bala logró estar fuera de su blanco.
***
Pablo Juárez corre de Sur a Norte, al ver a Gabriel que está tirado en el suelo, va en su ayuda, antes saca del bolsillo de su pantalón un duplicado de la llave de la urvan, enciende la camioneta y va en dirección donde se encuentra Gabriel, pero en su intento no logra pasar, la hilera de carros impiden el paso. Al intentar regresar sus compañeros le cierra el paso, le piden que saque a Rubén Eduviges que estaba herido de la pierna. En ese instante la policía ministerial apuntan a los normalistas, ellos gritan los dejen con el herido, entonces los policías bajaron las armas.
–Suban a Gabriel, súbanlo, súbanlo rápido –ordena Pablo desesperado.
–El compa Cheve está muerto, pero llévate a Rubén, sácalo de aquí –claman los muchachos, mientras suben a su compañero a la urvan.
A 50 metros de ahí, Edgar camina lento, muy lento, su pulmón sangra, y cada paso es forzado, el estudiante sube a la camioneta con la ayuda de sus compañeros.
–Llévalo al hospital paisa antes que se nos muera –pide un normalista que permanece con la cara cubierta con su playera.
Pablo conduce a toda la velocidad de la urvan para salir de ahí, pero el intento falla de nuevo cuando ve un tercer herido, así que se detiene para llevárselo, son tres los heridos que carga en la camioneta.
En su intento por salvar a los heridos, le cierra el paso a la primera ambulancia que encontró en su camino, él y sus compañeros le piden a los paramédicos que atiendan a David. Después que Pablo dejó a Edgar a la ambulancia, él y sus compañeros se dirigieron a otros poblados para buscar atención médica para los otros heridos.
–Por favor lleven nuestro compañero, está muy grave –ruegan los normalistas a los paramédicos.
El paramédico rompió una playera, luego tomó unas gasas hizo una bola y lo empujó al boquete que tenía Édgar al lado de derecho del pecho, por donde se le escapaba el aire que respirabas y un obeso chorro de sangre. Él, apretó los ojos, se mordió los labios, y movió la cabeza de derecha a izquierda varias veces.
—¿Qué tienes? —preguntó el paramédico.
—Creo que me dispararon —contestó el normalista pausado, apenas audible.
La ambulancia encaminó con Edgar David al hospital. En el camino un comando de la Policía federal intercepta la ambulancia e interrogan al chofer.
—¿Quién es el muchacho?, ¿De dónde viene?, ¿Qué le pasó? —preguntó el policía federal al chofer.
—No sabemos quién es, ni de dónde viene, no más nos llegó. No nos dijo nada.
–Me estoy muriendo, déjenme pasar se lo ruego por favor –gritó Edgar con voz desgarrada.
15 minutos después del tortuoso interrogatorio, la Policía federal permitió el paso.
***
Los antimotines van con toletes y gas lacrimógeno sobre los normalistas que siguen atrincherados con piedras y palos. Mientras que los balazos siguen rechinando en los autobuses y camiones. De otro extremo varios chavos son sometidos y torturados por los uniformados.

“Al ver muertos y heridos corrimos como pudimos, unos compañero se refugiaron en un taller otros más se fueron al cerro” recuerda Luis Ángel.
Agrega: “Vi a mis compañeros correr hacía Liverpool, otros a Petaquillas. Al cerro, subimos unos cuantos, todo era una corredera. Buscábamos refugios pero no encontramos, la policía nos seguía, algunos compañero fueron alcanzados por la policía que los golpeaban, era demasiado cruel ver el ataque”.
Los muchachos le piden al chofer que encienda el autobús para salir de ahí. El motor de la unidad arranca, los estudiantes empiezan a juntarse en torno al camión, uno de ellos se resbaló con el diésel que está regando el carro por el orificio que una bala le hizo al tanque.
Los muchachos alcanzaron el autobús que va más lento que una tortuga, de atrás sale una patrulla de la policía ministerial que lo rebaza, le cierra el paso, un policía ordena a los jóvenes bajarse del camión para someterlos a patada y macanazos.
A Jeison, la policía lo somete a toletazos. El muchacho que es alto y corpulento es embestido por, tres policías ministeriales, los judiciales no le pueden, él, logra con sus manos tirar a dos, al tercero lo empujo y corre hacia donde están sus compañeros, un pequeño grupo de pelones que alcanzaron huir de la policía.
—¿Dónde te dieron?, ¿No te duele? —pregunta otro pelón.
—No. Sólo fueron unos cuantos macanazos, pero no fue nada, —contesta el Jeison, mientras revisa su cabeza donde brotan chorros de sangre.
—Hacia donde nos vamos —preguntó un pelón a un integrante del comité.
—Al cerro paisa, de ahí nos vamos caminando a la Normal, corran y no se detengan —ordena el de Relaciones Exteriores.
En las primeras casas que encontraron en su camino, los normalistas pidieron apoyo a un señor, pero éste salió con un machete en la mano y amenazó a los muchachos: “Váyanse, no quiero problemas”.
—Seguimos corriendo hasta encontrar una carretera de terracería. Ahí vamos todos muy asustados y de repente escuchamos que nos seguía un carro, nos escondimos entre la maleza, al asomar la cabeza nos dimos cuenta que era una cheroke verde.
—¿Qué pasó después?
—Creíamos que la los militares son militares nos seguían así que nos tiramos a la barranca, después de eso salimos seguimos corriendo hasta que llegamos a una casa donde un señor nos ofreció agua, saco un garrafón y lo repartió a todos.
—Tomen agua chavos si es que se van a ir al cerro —ofreció el casero.
Después retomaron la huida, apenas avanzaron unos pasos cuando apareció un helicóptero que iba disparando. Los chavos se escondieron entre matorrales.
Al otro lado del cerro que pasa por hotel Parador de Marqués, un muchachito integrante del Consejo de Autoridades de los Cinco Pueblos de Tecoanapa, llora desconsolado porque no encuentra a su abuelita: “Quiero ver a mi abuelita, mi abuelita se quedó allá abajo”.
—A tu abuelita no le va pasar nada —le contesta Celso al chavillo—, porque es mujer, puedo dejarte ir. Pero si te vas, como eres hombre te van confundir con los de Ayotzinapa y te van a meter a la cárcel o te pueden desaparecer, mejor quédate aquí conmigo, espera que pase para bajar por su abuelita. No te preocupes horita bajamos ya que se calme todo.
—Súbete, tenemos que buscar salida antes de que nos agarren —pidió Celso con voz queda a su compañero.
Desde lo alto de la colina Celso ve como la policía golpea a sus compañeros: “Los policías tenían sometidos a mis compañeros, los tenían agarrados con las manos en las paredes de los autobuses mientras los golpeaban, no podía hacer nada, bajar era entregarme y uno más que iban a agarrar y meter a la cárcel e incluso a desaparecer”.
Después de una hora y media, Celso caminó hasta llegar al hotel Parador de Marques, ahí, le pidió a un señor que les ayudara.
—Hay muchachos que andan haciendo, estuvo muy mal lo que les hicieron a ustedes pero cuídense, no se preocupen horita te voy a sacar de aquí —ofreció.
El señor sacó a los normalistas en una jeta, los llevó cerca de Cbtis, ahí llegó un maestro de la Normal para llevárselo al internado.
Las sirenas de las ambulancias y la hélice del helicóptero que sobrevolaba en la zona hacían que los pelones temblaran de miedo. Una camioneta de policías ministeriales iba siguiendo a los estudiantes.
Después de una hora de caminata los normalistas se internaron en la Colonia de Organización de Pueblos y Colonias de Guerrero (OPCG), ahí, los vecinos dividieron a los muchachos en dos grupos para esconderlos en sus casas, luego les ofrecieron pozoles y agua de jamaíca.
Más tarde se organizaron para salir de la colonia, porque el helicóptero seguía sobrevolando en el lugar. Acordaron buscar a conocidos para que los sacaran de ahí. Mientras que Gerardo Torres es torturado en la instalación de la Procuraduría de Justicia del Estado de Guerrero.
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A Gerardo Torres lo detuvo la Policía Federal cuando la patrulla le cerró el paso al autobús donde iba, ahí lo golpearon, al bajarlo lo tiraron al suelo, le patearon en las costillas, las manos, los pies, en ese momento llegó una camioneta pick up de ministeriales blanca, los uniformados subieron a los normalistas maniatados a la camioneta.
—Acuéstate ahí boca abajo con las manos en la nuca —ordena el policía.
En el trayecto de la Autopista a la Procuraduría los ministeriales iban pateando a los estudiantes, les molieron la espalda a puras patadas con las botas de casquillos. Cuando llegaron al lugar del cautiverio los bajaron a jalones de la camioneta, de un empujón Gerardo se hincó, mientras que un policía vestido de civil le pateó en el estómago y les dejó caer una decena de puñetazos.
Sometido, humillado y ofendido, Gerardo permaneció tirado boca abajo, media hora después llegaron policías para interrogarlo, le pidieron sus datos. Ya sin movilidad en las cuerdas bucales, Torres es golpeado de nuevo por no gritar fuerte: “Me tomaron mis huellas, luego me fotografiaron. Después me volvieron a colocar boca abajo, para golpearme de nuevo en la espalda”.
—Fíjate chamaco pendejo lo que ocasionas —vomita su coraje el ministerial, mientras esculca a Gerardo, en el registro le quitaron su celular, unas llaves, 30 pesos y sus tenis.
“No me devolvieron ni mi teléfono, ni mis tenis ni mi dinero, ahí me encontraron un casquillo que recogí en la balacera, lo tomé porque quería tener prueba, nunca medí las consecuencias”, recuerda Gerardo.
—Ira este cascajo es de cuerno, dice un ministerial.
—Aaaa éste es entonces —contesta otro.
Por ese casquillo a Gerardo le costó otra dosis de patadas en todo el cuerpo.
“Eran dos, ambos estaban encapuchados, se llevaron el cascajo. Al poco rato llegaron preguntando que quién era el del cuerno, me taparon la cara con una playera, me apartaron ahí en las mismas instalaciones y me pusieron boca abajo, me comenzaron a patear como 15 veces, eran tres. Como había civiles me llevaron a un baño, y ahí me pusieron hincado, me comenzaron a dar golpes con algo mojado en la espalda, como 20 veces. Me comenzaron a interrogar; me decían que ésta era de cuerno de chivo, me preguntaron que dónde había dejado el cuerno. Les dije que el casquillo me lo encontré en la calle, me preguntaban que quién traía el cuerno. Cada vez que les decía que lo había levantado, me golpeaban”.
—Tú mataste a los federales, ¿verdad? —acusan los ministeriales mientras torturan al normalista.
—Ellos decían que había tres federales muertos. Uno traía pantalón tipo militar, camuflageado como verde con gris para selva, los demás iban de policías ministeriales, uno llevaba playera azul.
Después de la golpiza, los policías hicieron que Torres se hincara sobre un lavabo, luego comenzaron azotar su cabeza con la de ellos, así lo tuvieron durante varios minutos hasta que le abrieron su labio, cada azote iba acompañado con una pregunta. Le interrogaban del cuerno de chivo, que quien había tenido el arma, pasó media hora de esa tortura, lo sacaron de ahí, se lo entregaron a otro policía que dijo que ya no lo tocaran porque le tenían algo preparado.
“Llegaron otros tres, me taparon la cabeza y me sacaron tapado con la playera, me llevaron donde estaban todos los demás, y me volvieron a poner boca abajo con las manos en la nuca. Cuando me tenían ahí, el policía que estaba a un lado, me pateaba las costillas.
—Tú eres del cuerno ¿verdad? ¿Te duele? Pues a mí no.
Con la ayuda de otros policías encapuchados Gerardo fue sacado de ahí. Lo esposaron y luego lo subieron a una camioneta a empujones. El sol de mediodía la carrocería quema el cuerpo del muchacho que iba sin playera. Le amarraron la cabeza con su propia playera, lo amarraron tan bien que no veía nada.
La camioneta arrancó quemando llantas, iba tan rápido que Gerardo no supo ni como salió de Chilpancingo, en el trayecto nadie le dijo, ni lo tocaron, en ese momento sintió un alivio, por los menos tuvo tiempo para respirar y tratar de ordenar sus ideas, qué fue lo que pasó, porqué los ministeriales lo torturaban. Por el brinco de la camioneta Torres supo con certeza lo llevaban a las afueras de Chilpancingo, en un lugar de terracería.
“Cuando me bajaron de la camioneta, vi Chilpancingo, desde arriba, se veía todo. Me llevaron a una casita, los policías decían que esa casa era de un ex militar que no vive ahí. La casa de madera con techo de cartón; allá adentro, traté de ver donde estaba por las mangas de la playera, que ya se había aflojado. Luego me metieron y aflojaron la playera.
—Quítame a todos los elementos que estén aquí enfrente —ordenó un policía.
Un policía preguntó: “¿Sabes disparar un arma?. El normalista dijo que no.
—Pues ahora vas a aprender. A ver ahora vas a aprender con un arma —le decían mientras sacaban un cuerno de chivo.
Gerardo aún no terminaba de decir que no, cuando les llovieron patadas y puños en las costillas, y en el estómago, los brazos, le sacaron el aire. Luego lo obligaron a empuñar el arma para disparar.
“Me obligaron a poner la mano en el arma, el que estaba conmigo, me obligó a jalar el gatillo, me hicieron disparar seis veces; cada vez que disparaba, la volvían a cargar, ellos decían que el arma tronaba recio, que era cuerno. Pusieron todos los cartuchos juntos, me los pusieron en las manos y me hicieron tocarlos y contarlos, cada vez que hacía un disparo, recogían el cartucho y me hacían tocarlo. Cuando me hicieron contar los cartuchos, dijeron que nos fuéramos, me vendaron nuevamente, me subieron a la camioneta, había dos camionetas, porque oía el motor y a un oficial le dijeron que se fuera en la otra”.
Con voz entre cortada, Gerardo agrega: “En el camino iba boca abajo esposado por atrás. Después, se arrancaron y nos fuimos, nos paramos donde estaban los dos muertos, ahí me taparon con una sábana para que no me viera. Sabía que era ahí, porque oía muchas patrullas. Uno de ellos comentaba que un perito se les puso muy roñoso, creo que ellos aprovecharon para tirar los casquillos ahí donde los encontraron…”.
A las 9 de la noche, en la instalación de la Procuraduría de Justicia, el procurador, Alberto López Rosas rechazó que se haya reprimido a los estudiantes. Aseguró que a uno de los detenidos se le decomisó un fusil AK-47 así como un cargador y ocho granadas.
Dijo que el arma, lo encontraron en poder de Gerardo Torres Pérez, de Acapulco.
En la conferencia de prensa en la que estuvieron el secretario de Seguridad Pública, Ramón Almonte, y el vocero del operativo federal Guerrero Seguro, Arturo Martínez Núñez, el fiscal precisó que no hubo represión y que no se había demostrado que algún elemento policiaco haya accionado sus armas, porque los agentes estatales acudieron al lugar desarmados.
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Frente a la bodega de fierros viejos Erick Escobedo reportero de Semanario Trinchera sale a observar lo que sucede con los normalistas, alcanza a ver policías federales, estatales, ministeriales y hombres vestidos de civil (no supo a qué bando pertenecían pero estaban junto con los ministeriales disparando), que corretean con saña a los estudiantes. Hay un tráiler dentro del negocio. Intenta subirse a su plataforma para tener mejor panorámica de los hechos. Los ministeriales entran al negocio por el lado del encauzamiento y le gritan:
—¡Bájate, hijo de tu pinche madre!
—¡tranquilos, tranquilos, soy periodista! Repite la oración infinidad de veces conforme se le acercan, nadie le hace caso.
—¡Tírate al suelo, cabrón… que te tires, hijo de tu puta madre!
Erick seguía repitiendo: “¡soy periodista!”
—¡Tira la mochila al suelo, hijo de tu puta madre, y pon las manos en la nuca!
Lo aventó a un lado, y cuando quedó frente al suelo, recibe en las costillas del lado izquierdo una patada. La segunda es más violenta y se estrella en el pómulo y ojo izquierdo. Las demás se repartieron su cabeza, piernas, brazos y cuello. También siente el cañón de un arma. Ya con el cuerpo aflojado, me levantan y me piden caminar:
—¡Órale, hijo de su puta madre, no qué muy salsa, pinche “ayotzinapo”!
—Soy periodista —intenta explicar de nuevo.
—¡No te hagas pendejo, tápate la cara con la playera!
Lo llevan a una camioneta pick-up, de color blanco. Escucha a una señora gritar cerca de la camioneta: “no lo golpeen, es mi hijo”, mientras suben a un joven a empujones. Intentan ponerse la playera en el rostro. Se resiste y sigue alzando la cabeza para que algún compañero lo identifique. Un periodista gráfico toma fotografías de la batea donde los llevan como criminales. Intenta gritarle pero su voz no persuade su indiferencia. Suben a más presuntos estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.
Son los primeros en ser aprehendidos. En cuestión de minutos llegan a las instalaciones de la Policía Ministerial. Los bajan de la camioneta con la misma violencia con la que los subieron. Los meten a los separos. Los tienden en el suelo boca abajo. Les quitan zapatos y cinturones. Están sometidos aproximadamente cinco. Llegan más detenidos. Los tienden de la misma forma que a los primeros: a madrazos. Una voz femenina y chillona, les ordena dar sus nombre, edad, ocupación y lugar de origen. Cada pregunta es un golpe en la espalda; les aprietan el cuello y al no responder de forma clara, les repiten la pregunta e igual que la tortura. Una voz masculina pregunta:
—¡¿Quién es el periodista?!
Erick, levanta su brazo izquierdo ya que se le complicaba hablar.
—¡¿Y si no eres periodista te rompo la madre?!
—¡Cómo te llamas!
Erick grita con fuerza no vaya a ser que el policía no escuche y le metan otro madrazo en la espalda. Otra voz masculina le ordena abrir las piernas, y le da dos patadas seguidas entre el ano y los testículos.
La voz femenina y chillona sigue haciendo preguntas y sus compinches siguen torturando. El reportero escucha que alguien dice tener doce años —¿será el hijo de la señora que gritaba hace un momento? — y otro dieciséis. El de doce comienza a llorar.
—¿Ahora lloras, pinche putito, y hace rato muy machito, no? —le reprocha un ministerial.
—Yo sólo venía de Liverpool —contesta sollozando.
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El general Arreola, con manchas de sangre en la cara, contestó: “Debíamos desalojar a esta gente, nosotros tenemos personal antimotines, y nos recibieron a golpes, con fuego, y el personal de la Policía Federal intervino”.
–Señor, ¡hay dos jóvenes muertos que están ahí tirados!.
–No tengo conocimiento. No sé quién disparó, nosotros no traemos armas.
–¿Fue orden del gobernador (Ángel Aguirre) el desalojo?
–La orden del gobernador es que se restableciera la paz aquí. El personal de la Policía estatal trae equipo antimotines y viene desarmado completamente.
–¿Restablecer la paz con dos estudiantes muertos? —se le inquiere de nuevo.
–Establecer la paz con 800 seudoestudiantes que están tapando el paso –respondió molesto.
La crónica se publicó originalmente en el Semanario Trinchera el 12 de diciembre de 2012, TatyiSavi la reproduce para que no se borre en la memoria colectiva qué en Guerrero se mata a estudiantes y la justicia no llega.











Un Comentario
It’s heartbreaking to read about the consistent repression faced by the students of Ayotzinapa simply for making their requests—a practice that’s been ongoing for decades. I found some related context on community organizing and resilience at https://tinyfun.io/game/get-yoked-extreme-bodybuilding, which offered another perspective.