
Los empresarios agrícolas prefieren a la población indígena porque están desorganizados y difícilmente hacen valer sus derechos laborales, tampoco obligan a los patrones a cumplir con la ley federal del trabajo. Para que a las familias les rinda el pago trabajan todos, hasta los menores de edad. Los empresarios aceptan porque con más manos sacarán pronto la cosecha, sin que le interese proteger los derechos de la niñez.
Texto y fotografía: Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan
Vivir en las comunidades indígenas de la Montaña es cargar con siglos de olvido que se han materializado en pobreza extrema, aislamiento, violencia, despojo, explotación, racismo, exclusión social y violación sistemática a sus derechos básicos. Las autoridades han aprovechado esta desigualdad estructural para profundizarla en lugar de revertirla. Abusan de la confianza que les brinda la gente cuando acuden a sus comunidades para pedir el voto; de manera permanente engañan a la población al desatender sus principales demandas. Las autoridades nunca tienen presupuesto suficiente para revertir el rezago de las comunidades. Han impuesto como regla que solo una obra al año les puede otorgar. Nunca se construyen las obras que requiere la población, se hacen las menos costosas y las que generan buenos dividendos económicos y políticos.
Ninguna instancia del gobierno atiende el grave problema que enfrentan los productores para rescatar sus siembras y producir alimentos básicos para todo el año. El problema del hambre es endémico. Los terrenos de las parcelas familiares están erosionados. El uso de agroquímicos se ha sumado al grave problema del deterioro ambiental y al desequilibrio de los ecosistemas. La gente ya no produce alimentos, todo tiene que comprar a precios muy caros. En la montaña no hay fuentes de empleos que le generen ingresos a las familias. No tienen forma de solventar los gastos diarios. La única opción es migrar o morir de hambre.
El modelo económico extractivo tiene mayores ganancias cuanto más intensa es la explotación de la mano de obra. El capital requiere de trabajadores agrícolas que estén dispuestos a realizar jornadas extenuantes sin tener una relación laboral formal. Aprovecha de que salen de sus comunidades dispuestos al sacrificio con tal de obtener un precario ingreso para darle de comer a la familia.
Los empresarios agrícolas prefieren a la población indígena porque están desorganizados y difícilmente hacen valer sus derechos laborales, tampoco obligan a los patrones a cumplir con la ley federal del trabajo. Para que a las familias les rinda el pago trabajan todos, hasta los menores de edad. Los empresarios aceptan porque con más manos sacarán pronto la cosecha, sin que le interese proteger los derechos de la niñez.
Una familia extensa de 30 mujeres, hombres, niñas, niños y jóvenes indígenas de la comunidad na savi de Calpanapa, municipio de Cochoapa el Grande, ha padecido múltiples abusos y desgracias. Lleva más de 10 años migrando para sortear su vida en la Montaña. La tierra que poseen ya no produce a pesar de que se encuentra en un vallecito al pie del cerro de la Garza. Cada año nuevo suben los 3 mil metros de este pico para mantener viva la costumbre de pedir salud, trabajo, maíz y en los últimos años piden por la seguridad de las comunidades por tanta violencia que soportan estoicamente.
El pasado martes 12 de mayo salieron a mediodía de su comunidad a los campos limoneros de Apatzingán, Michoacán. Salieron en su camioneta destartalada todos apretujados, para hacer redituable el viaje. Cruzaron las espesas montañas rumbo a Ometepec, en la Costa Chica. A las cinco de la tarde tomaron el camino hacia Acapulco. Llevaban buen tiempo, los niños y niñas dormían de a ratos. El motor del carro estaba respondiendo bien y así llegaron a Zihuatanejo sin novedad. Después de 15 minutos la camioneta gris se detuvo porque se le poncharon las llantas. Eran las 12 de la noche del miércoles 13 de mayo. No había forma de seguir el camino, ni que pasar alguna camioneta de auxilio vial. Optaron por estacionarse afuera de la carretera y se acostaron a dormir cerca de una parota donde estaba la luz tenue de un foco.
Los 30 padres, hijos, primos, cuñados y nietos nos acomodamos para pasar la noche y al día siguiente arreglar el carro. Ocho niños y niñas se acomodaron con sus madres con las cobijas que llevábamos. Mi cuñado Marcelino Tomás Nieto venía con su esposa y sus seis hijos de 14, 12, 10, 7 y los más pequeños, gemelos de dos años.
Eran las 3 de la mañana cuando nos despertó un balazo. Al principio no logramos identificar a las personas que estaban frente a nosotros porque estaba oscuro. Nos entró miedo. Las mujeres, las niñas y los niños empezaron a llorar desconsoladamente. El grito de Marcelino fue desgarrador. Rápido nos dimos cuenta que lo habían herido en el tobillo izquierdo. Nos imaginamos lo peor, pero cuando se bajaron nos percatamos que se trataba de la Guardia Nacional. Llegaron sin decirnos nada, sólo dispararon. Pensaron que estábamos muertos. Les dijimos que no estábamos haciendo nada, lo único que queríamos era dormir porque se nos había descompuesto el vehículo. No nos dijeron nada, y después de 30 minutos llamaron a una ambulancia para llevar a Marcelino al hospital de Zihuatanejo.
No sé por qué dispararon sin cruzar palabras. Nos hubieran hablado bien, pero sólo dispararon sin saber que había niños y niñas. Viajamos largas jornadas para ir en busca de trabajo a los campos agrícolas y por desgracia al poncharse las llantas tuvimos que acostarnos en la orilla de la carretera. Esto no tomaron en cuenta los de la Guardia Nacional. Se supone que están capacitados para tratar a la población, pero parece que somos sus enemigos. En lugar de hablarnos de buena manera aventaron un balazo directo donde estábamos durmiendo. Eso no se hace, también somos seres humanos. ¡Te imaginas lo que vivimos! Todos nos espantamos, más cuando Marcelino gritó por el balazo que le dieron. Las mujeres y los niños lloraban de miedo por temor a que nos fueran a matar.
Al siguiente día se presentaron dos abogados al hospital donde se encuentra Marcelino. Después nos abordaron tres más que venían de la Ciudad de México. Nos ofrecieron 150 mil pesos para que coman los hijos del herido y para otros gastos mientras se recupera. Pero ya no han vuelto a acercarse. Es una cantidad que no representa el agravio que causaron a todos los que estábamos tranquilamente durmiendo. No sabemos cuánto tiempo tardará para que Marcelino pueda componerse, tampoco tenemos la seguridad de que va a quedar bien y que podrá trabajar en el campo. Marcelino.
Después de 5 días Marcelino sigue hospitalizado. Le sacaron una tomografía para diagnosticar alguna fractura. Ahora sólo le están poniendo medicamentos y suero. Este 18 de mayo van a suturar su herida porque fue muy profunda, incluso le quitó toda la carne y se le veía el hueso. Va estar internado y el martes 19 nos dicen que lo van a dar de alta.
Tres familares nos quedamos en el hospital para cuidarlo y estar pendiente de su atención médica. Los demás están en una casa que rentó la Guardia Nacional en Zihuatanejo, están comprando alimentos y pagan los medicamentos. Saben su responsabilidad. Sin embargo, lo que más nos preocupa es que Marcelino no vaya a quedar bien. Lo triste es que no va a trabajar en esta temporada porque su recuperación va a ser lenta.
En estos meses todo serán gastos para su familia y no tendrá ingresos. Su esposa y sus 6 hijos van a pasarla difícil. Su único hijo de 14 años podría trabajar el el corte de jitomate y de chile, pero es insuficiente para sostener a toda la familia y atender los gastos médicos que va a necesitar Marcelino. A la semana se necesitan mil pesos para irla pasando. Un cono de huevos está hasta en 100 pesos y el kilo de jitomate en 80 pesos. Por eso nos vamos a Michoacán porque solo ahí podemos ganar algo de dinero. Marcelino se va a regresar al pueblo con su familia sin dinero y con una herida en el tobillo.
Por más de 10 años hemos ido al corte de limón en la temporada de lluvias y regresamos después de octubre. Sólo estamos en Calpanapa dos o tres meses y otra vez volvemos a los campos. Nos pagan 35 pesos por caja de limón. Por lo regular se hacen seis cajas al día y los más rápidos 10 cajas diarias. Lo máximo que ganan son 350 pesos al día.
En el corte de jitomate nos pagan a 7 pesos el bote. El trabajo es arduo porque para ahorrar se tiene que cortar 30 botes al día y los que tienen más destreza logran los 50 botes. En el corte de chile pagan 10 pesos por bote y se logran de 25 a 30 botes. Es poco porque tenemos que pagar 2 mil pesos por la renta de una pequeña casa. Si no alcanzamos rentamos dos. Por los servicios de luz y agua pagamos 300 pesos, es la cantidad que juntamos en un día cortando limones. Para cocinar tenemos que juntar leña porque los cuartos no cuentan con estufas.
Las niñas y niños se quedan con sus mamás. Los que tienen entre 10 y 15 años ya empiezan a trabajar en el corte de jitomate y chile, porque los limones no los alcanzan. Los rancheros no dicen nada porque no hay contratos. Dejaron de ir a la escuela porque no tenemos con quien dejarlos en la comunidad y tampoco pueden estudiar en Apatzingán porque las maestras y maestros de Calpanapa no les entregan sus boletas de calificaciones. Ellos quieren que terminen ahí el ciclo escolar. No podemos estar todo el año porque no tenemos dinero para comer.
No tenemos más salida que salir a trabajar a los campos agrícolas. Dejamos nuestra tierra para ganar un poco de dinero. En Michoacán si trabajamos duro conseguimos ahorrar algo para sobrevivir dos meses. Si te quedas en el pueblo te puedes morir de hambre, pero ahora también si sales a los campos agrícolas te puede pasar algo como ahora. No solo corres el riesgo con los grupos de la delincuencia, también con la Guardia Nacional que, en lugar de protegernos, nos tiraron a matar. De milagro está vivo Marcelino. Solo pedimos que las autoridades investiguen este delito que es grave porque dispararon sin justificación alguna y directo a las familias. También tiene que reparar todos los daños que ocasionaron a Marcelino, a su familia y a todos los que nos quedamos en la carretera.









