Para nosotros, la muerte no es el fin, sino una presencia viva y activa, un componente indispensable del ciclo de la reproducción y la fertilidad.

Escribe: Guillermo Álvarez Nicanor*
Fotografías: Alexis Rojas y Guillermo Álvarez
Ciudad de México, 6 de noviembre de 2026.- El Día de Muertos en México, declarado Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO el 7 de noviembre de 2003, trasciende la mera conmemoración para convertirse en un reencuentro ritual que fusiona nuestras tradiciones prehispánicas con el calendario católico. En el estado de Guerrero, particularmente en las regiones de La Montaña y la Costa Chica, los pueblos indígenas —como los nahuas, na savi, me’phaa y ñomndaa— celebramos esta fiesta con una profundidad que revela nuestra arraigada cosmovisión. Para nosotros, la muerte no es el fin, sino una presencia viva y activa, un componente indispensable del ciclo de la reproducción y la fertilidad.
Nuestra cosmovisión concibe la existencia de manera dual y complementaria, donde la vida y la muerte son inseparables. Esta visión se remonta a la época prehispánica, cuando el culto a la muerte se asociaba con la fertilidad y el advenimiento de la época de lluvias. En esta perspectiva, el retorno de las ánimas a principios de noviembre no solo coincide con la celebración de Todos los Santos y Fieles Difuntos, sino también con el final del ciclo agrícola del maíz, nuestro cultivo principal.
La ofrenda o altar de muertos se materializa como una arquitectura simbólica que funciona como un portal para el retorno transitorio de las almas. Cada elemento puesto sobre el altar es un referente de esta cosmovisión cíclica. La flor de cempoalxochitl, el “camino amarillo”, y las veladoras representan el fuego y la luz, elementos que guían a las ánimas desde el Mictlán hasta el hogar. Los platillos favoritos del difunto, como el mole, el pan de muerto y los tamales, son la esencia del ritual. La celebración implica que los muertos tienen permiso de cruzar el umbral entre mundos para convivir con nosotros durante dos días. Esta presencia viva se manifiesta en el panteón, que se convierte en un centro de convivencia social, música y vigilia nocturna, borrando la línea divisoria entre ambos planos de la existencia. En nuestros pueblos nahuas de La Montaña, las familias salimos a las calles a la entrada del pueblo para recibir a nuestros muertos con ofrendas, marcando la bienvenida formal de las ánimas a nuestra comunidad y hogar.

El Día de Muertos en nuestras comunidades indígenas de Guerrero es una celebración de profundo calado de nuestra cosmovisión. Más allá del sincretismo superficial, el ritual expresa una comprensión de la existencia donde la muerte es el origen de la regeneración y el difunto un intermediario entre el mundo visible y las fuerzas telúricas que nutren la vida. Las ofrendas, las vigilias y la comunión en el panteón son manifestaciones de un sistema de creencias que valora la presencia viva de nuestros antepasados, garantizando la continuidad de la familia, la comunidad y el ciclo agrícola. Esta festividad es, en esencia, una reafirmación de que la vida y la muerte son polos complementarios que sostienen nuestro cosmos indígena.
En mi comunidad, San Miguel Tecuiciapan, el 31 de octubre, entre las cinco y las seis de la tarde, la familia —los padres, hijos y todos los presentes— arribamos al camposanto. Alguien se queda preparando la ofrenda que recibirá a los difuntos, los tamales de carne envueltos en hoja de mazorca, el “chiltamajli” tradicional. El día uno de noviembre, generalmente, se ofrendan tamales “telolotzin” con mole verde con carne de pollo; el día dos, cualquier otro platillo que a nuestro familiar difunto le gustaba en vida.
Nuestra primera labor en el cementerio es la limpieza: quitamos la maleza de las tumbas de nuestros antepasados. Nuestros mayores nos muestran cada sepulcro de los familiares fallecidos, transmitiendo así la memoria de generación en generación. Es fundamental que nuestros sucesores conozcan estos lugares para que, al igual que hoy, las próximas generaciones puedan seguir yendo por nosotros.
Al caer las primeras sombras, con la llegada de la noche, encendemos velas y veladoras en cada tumba. Luego, hablamos con nuestros difuntos como si estuvieran vivos: “Hemos venido por ustedes, vamos a casa, papá, mamá, hijo, tío, abuelo…” Incluso, los invitamos a que llamen a los vecinos que no tienen familia que los espere: “Que no se queden, vayan a casa, allá tenemos comida para todos. Levántense y vamos, anden, vamos”.

En el centro del camposanto, en el altar mayor, donde se alza la cruz que cuida a todos los difuntos, los encargados de la iglesia (el fiscal, los topiles y las cantoras) rezan el rosario. A veces, incluso el párroco oficia una misa.
Al terminar, nos formamos en una procesión solemne. Caminamos varias cuadras con las velas encendidas rumbo a la iglesia, abriendo un sendero en medio de la multitud: este es el “callejón” por donde avanzan las almas de nuestros difuntos. Ya los llevamos a casa, pero antes deben pasar por la iglesia. Los fiscales y cantores guían la marcha, rezando y entonando cánticos relacionados con los difuntos, a lo que la multitud responde con frases cantadas que ellos indican.
Llegamos al templo, concluye el rosario que inició en el camino, y todos nos dirigimos a nuestros hogares con las velas aún encendidas, para guiar a nuestros seres queridos. Los difuntos, invisibles a nuestros ojos, vienen con nosotros, los llevamos a casa.
En la entrada de la casa, en la calle principal, dejamos unas velas encendidas adicionales para que los espíritus rezagados en el camino no se pierdan y puedan entrar. Con nuestros seres queridos entramos a la casa y los llevamos al altar.
Allí hemos preparado un espacio donde se colocaron los panes que previamente hemos elaborado, tales como el pan de “torta” (como le llamamos, aunque en otros lugares se le conoce como carretilla), que es pan de sal; también, hacemos panes en forma de figuras: pájaros, conejos, cangrejos, huamúchiles, muñecas y muñecos, entre otras formas. Estos panes están dispuestos sobre el altar, algunos incluso colgando de arcos de carrizo fresco. El altar se adorna con cempoalxochitl, que aromatiza el ambiente con su peculiar fragancia. Armamos el altar con otates hechos cama, a un metro de altura, sostenidos por dos palos atravesados y recargados en cuatro bancos hechos de madera, de dos metros de ancho por dos a tres metros de largo, unidos con un mecate de ixtle.
Se cuenta que los niños pequeños, de entre 4 a 6 años, llegan a visualizar personas alrededor del altar de la ofrenda; pueden ver a antepasados u otros niños extraños en ese día de la celebración.
Existe una creencia sobre los fallecimientos recientes: si una persona muere en los meses cercanos a la celebración (agosto o septiembre), su alma no viene a comer el primer año. Se dice que se quedan cuidando su casa en el “otro mundo”, y solo regresan los que ya tienen más tiempo de haber fallecido.

También, según los creyentes de la fe católica, en la otra vida, si un adulto fallece, espera a su cónyuge. Si el viudo o la viuda rehace su vida en este mundo, esa segunda pareja no cuenta en la otra vida, pues solo vuelven a unirse los matrimonios casados por la iglesia.
Es de suma importancia que nuestros seres queridos, aunque mueran en cualquier parte del mundo, sean sepultados en la comunidad, porque allí es donde vamos los familiares para llamarlos y que vengan a comer de la ofrenda cada año.
El 3 de noviembre por la mañana, recogemos los panes del altar que se puso para la ofrenda, simbolizando que los difuntos cargan con sus canastos. Así, los esperaremos nuevamente al año siguiente.
Hoy, con tristeza, vemos a los niños celebrando Halloween, pidiendo dulces en las puertas de las casas en este día tan sagrado de nuestras ofrendas. Es una costumbre influenciada por la de Estados Unidos, traída por los niños que viven allá y vienen a nuestra comunidad para esta celebración.
En mis tiempos, era un grupo de adolescentes autorizado por las autoridades eclesiales, un grupo aproximado de diez muchachos, quienes pasaban por las casas, y no era por dulces. Iban gritando: “¡Campanero ayojtli!” —una frase que todos repetían a coro—. La gente salía a darles un pan, una fruta o algo de la ofrenda del altar, y se les pedía que le dijeran al campanero que no dejara de tocar las campanas. Los topiles de la iglesia tocaban las campanas durante las 24 horas del día, desde la noche del 31 de octubre, durante el 1 y el 2 de noviembre, hasta el amanecer del día 3. El día uno, las campanas sonaban como cuando se sepulta a un niño o niña, y el día dos, como cuando el difunto es un adulto.
La gente cuenta que en sueños llegamos a ver a nuestros familiares. Incluso, nos piden algo que haga falta en el altar de la ofrenda, o nos dicen cosas que dejaron pendientes antes de morir. Nuestra gente cree fervientemente en estos encuentros y cumple lo que cada soñador interpreta en su vivencia.
Mientras los muertos están en casa, los familiares vivos vamos cada mañana y tarde a revisar que en la tumba tenga encendida al menos una vela o veladora; hay tumbas que no tienen una luz o una flor, y a esas, los que se compadecen les regalan una vela o flores. En el panteón también hay marcadas diferencias: hay tumbas forradas de mármol y otras de tabique muy rústico; está saturado de construcciones de concreto donde apenas si cabe una persona, a veces hasta debemos caminar de lado. Es inminente construir otro camposanto, aunque hay gente que se opone porque se dice que cada que eso ocurre, muere mucha gente y los espacios se llenan muy rápido. Esto me recuerda el panteón de nuestros vecinos de Ameyaltepec: ellos sepultan a sus muertos en el atrio de su iglesia, en ese espacio no se mira una sola tumba, menos algo de concreto o mármol; se sepultan en fosas de tierra, en pozos a tres metros de profundidad, después de lo cual el patio de la iglesia queda totalmente plano, sin rastros visibles de las sepulturas. No cabe duda de que eso es más ecológico e higiénico.

El Día de Muertos en nuestras comunidades indígenas de Guerrero, como San Miguel Tecuiciapan, trasciende su estatus de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad para erigirse como el eje central de una cosmovisión milenaria donde la vida y la muerte son polos complementarios e inseparables. Este ritual no es una simple conmemoración, sino una reafirmación profunda en la continuidad del ciclo existencial.
En esencia, la festividad reafirma el valor de nuestros antepasados como garantes de la regeneración y el sustento de la comunidad. Aunque la tradición se enfrenta a influencias externas, como el Halloween, las prácticas de nuestra memoria generacional (el conocimiento de las tumbas) y las creencias profundas (la importancia de la sepultura en la comunidad y los sueños premonitorios) aseguran que el Día de Muertos indígena en Guerrero se mantenga como una poderosa reafirmación de nuestra identidad, nuestro linaje y la fe inmutable en que nuestros seres queridos vuelven a casa cada año.









Un Comentario
Muy bien artículo sobre el significado del día de muertos, usos y costumbres de.nuestros ancestros que debemos preservar y fomentar