Inicio / Política / El crimen de Cuba y Raúl Castro

El crimen de Cuba y Raúl Castro

La unidad no es religión ni culto a la personalidad; las diferencias se resuelven al interior y ello corresponde a los cubanos.

Escribe: Ascensión

Fotografía: Archivo digital cubano

Raúl Castro es uno de los últimos dirigentes revolucionarios vivos de las grandes transformaciones sociales que tuvieron lugar en el mundo en el XX.

Con 22 años de edad participa en el fallido asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, el 26 de julio de 1953; hecho que sería uno de los hitos más representativos del proceso de la Revolución cubana.

Tras su liberación, junto al resto de revolucionarios y bajo la dirección de Fidel, Raúl continuó participando de forma activa en las labores de organización clandestina en México, y formó parte del grupo que partió en el yate Granma, desde Veracruz hacia Cuba, en 1956.

Ya en la isla, en la lucha de liberación, en la Sierra Maestra, comandó el II Frente Oriental Frank País, hasta el triunfo de la Revolución en 1959. Y tras la conquista del poder, fue designado nada más y nada menos como Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, con aproximadamente 28 años de edad.

Junto a la dirección del ejército, desempeñó la dirigencia en las organizaciones y partidos que dieron después lugar al Partido Comunista de Cuba en 1965, siendo su segundo secretario hasta 2011 y que, con 80 años, fue electo como primer secretario, tras el retiro de Fidel.

Como estadista, fue diputado en la década de los 70, y posteriormente electo como Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministros, cargo ocupado hasta 2008, cuando fue electo como Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros.

En resumen, la de Raúl es la historia de un individuo que desde joven tuvo un actuar revolucionario, destacando como estratega militar y estadista, participando en prácticamente todas las coyunturas de Cuba desde el triunfo de la Revolución, varias de ellas gloriosas. Su papel no se da en cualquier contexto, ni en cualquier lugar.

Raúl Castro destacó junto a otros revolucionarios del renombre de Camilo Cienfuegos, Ernesto Che Guevara, Juan Almeida, Ramiro Valdés y, por supuesto, Fidel Castro. Es decir que, a pesar del calado moral de sus compañeros, sus acciones y convicciones destacaron por sí mismas.

De igual forma, su mérito militar se da en Cuba, un país que libra —en los hechos— una guerra de resistencia contra Estados Unidos desde hace más de seis décadas. A tan solo 90 millas de distancia de la potencia imperialista más bárbara de la historia.

Esto es lo que lo ha llevado a ser, en múltiples ocasiones, acreedor de la persecución yanqui, la última de ellas en este 2026, a sus 95 años y en medio de -tal vez- el mayor acentuamiento de la guerra contra la Revolución.

Y es que, durante la década de los 90, tras la disolución de la URSS, Estados Unidos intensificó la guerra en contra de Cuba, impulsando —entre otras cosas— a organizaciones de supuesto carácter civil, que, integradas por exiliados cubanos y dirigidas por la CIA, utilizaban de pretexto la ayuda a migrantes cubanos “a la deriva” en balsas en su viaje a Estados Unidos, para ejecutar acciones terroristas en Cuba y azuzar la contrarrevolución.

Como cualquier país que se define como soberano y que ejerce su derecho de legítima defensa, desde el Ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, a cargo de Raúl, fue utilizada esta prerrogativa para implementar estrategias de contrainteligencia que permitieran a Cuba la autodefensa.

Así, una de estas organizaciones, los “Hermanos al Rescate”, fue infiltrada por agentes de inteligencia cubanos que informaban al Gobierno sobre las acciones y planes del imperio; impidiendo en múltiples ocasiones que se concretaran con éxito las labores de sabotaje gringo.

Apenas el 19 de octubre pasado, la fiscalía del estado de Florida presentó cargos y una orden de arresto por asesinato y conspiración contra Raúl Castro, en relación con el derribo de dos avionetas y la muerte de miembros de “Hermanos al Rescate” en 1996. Avionetas que, sin autorización del Gobierno, invadieron el espacio aéreo cubano en plena actitud provocadora.

Ahora resulta que, en el país en el que, en el menos peor de los casos, sus presidentes son unos asesinos que inician o continúan guerras e invasiones, quieren juzgar a un estadista extranjero. Exaltando con ello su programa abiertamente neocolonial y buscando justificar la “necesidad” de una invasión a Cuba.

El que Raúl sea un héroe vivo, un referente de la Revolución cubana, es el verdadero crimen para el imperialismo. Y los hechos sucedidos en los 90 son muestra de ello:

  • Cuba se define en la realidad como un país soberano, llevando a la práctica este principio, a comparación de lo que acontece en la mayoría de países europeos y de América Latina, en donde esa palabra es letra muerta cuando de Estados Unidos se trata.
  • En suma a ser un país soberano, Cuba ejerce su derecho a la defensa ante las amenazas de invasión, no solo no permite la injerencia extranjera en materia política, sino en materia militar, respondiendo contundentemente ante intentos de invasión, como las realizadas por los “Hermanos al Rescate”.
  • Y finalmente, en este ejercicio legítimo de autodefensa, en donde la soberanía es un principio irrenunciable, Cuba implementa labores de inteligencia que buscan y permiten evitar las acciones terroristas en contra del pueblo y su Revolución, dejando en ridículo al gobierno del “gran” imperio y a sus “súper” agencias.

La resistencia de Cuba se materializa, entre muchas otras cosas, en la personificación de héroes como Raúl, de harta trascendencia histórica y un referente obligado, ejemplo vivo, en estos momentos de mayor agresión. Por eso la apremiante necesidad gringa de deslucir su figura.

Finalmente, ante la arrogancia pequeñoburguesa de sectores medianamente politizados de la sociedad, que no otorgan mérito a los individuos sino “a los procesos sociales”, vale la pena traer a la discusión el papel que tiene el individuo en la historia, ante posiciones que encierran —además de metafísica— oportunismo.

Partimos de que los individuos no forman parte de la sociedad y de la historia por libre arbitrio; socialmente no se desenvuelven en condiciones elegidas en lo individual, sino en un contexto social concreto determinado por el devenir económico. En ese sentido, el papel del individuo en la historia no puede ser individualizado; no existen héroes aislados que conducen la historia de sociedades maleables; es la sociedad en su conjunto, que a través de la lucha de clases define su movimiento, manifestando sus procesos en individuos.

Al mismo tiempo, las leyes de desarrollo social no son absolutas, de tal forma que no está imposibilitado que los individuos puedan incidir y transformar la realidad; para ello sirve el conocimiento científico; bajo esta personificación social, los individuos (no un solo individuo, sino su acción colectiva) concentran conocimientos y contradicciones sociales, practicando también su superación.

Esto se demuestra con la existencia de dos individuos que, en tiempos y circunstancias similares, asumen una consciencia social y práctica distintas.

Bueno, pues Raúl es uno de esos individuos que asumió su papel en la historia; el ver a la Revolución cubana en lo abstracto es desproveerla de su contenido real, social e histórico. La defensa de Cuba también es concreta, también es la defensa de sus héroes.

Esto porque algunos, desde la comodidad de su lazareto ideológico, pretenden realizar reivindicaciones generales para no impurificar su “crítica”, cuando la trascendencia de Raúl no es individual , sino colectiva.

Posición muy similar a la que tomaban con Venezuela, primero con Hugo Chávez y después con Nicolás Maduro, y hoy con Díaz-Canel y con Raúl; al no entender la amplitud de la solidaridad, ¿de qué sirve denunciar al imperialismo, si no se defiende y marcha —a partir de la coincidencia— con quienes plantan cara al imperio en esos lares?

En esas posiciones no existe compromiso, desde la “crítica” se evita, y se deja un espacio abierto al divisionismo, sabiendo que ante el imperialismo fascista, la unidad popular -que en Cuba la dirige el Partido Comunista- es la mayor de las defensas. La unidad no es religión ni culto a la personalidad; las diferencias se resuelven al interior y ello corresponde a los cubanos.

Toda la solidaridad con la Revolución cubana y con sus héroes

La consigna en Cuba es: ¡Raúl es Raúl!

Deje un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *