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La lucha contra el fascismo empieza con la defensa de la Cuba socialista

El avance económico y militar de China y Rusia, Estados Unidos ha potencializado su actuar represivo y belicista. Apoyado por los países vasallos mantiene al mismo tiempo: una guerra contra Rusia, indirectamente a través de Ucrania y la OTAN.

Escribe: Ascensión

Hoy, ante nuestros ojos —y gracias a los medios masivos de comunicación— prácticamente con transmisiones en vivo, presenciamos dos genocidios. Uno feroz y explícito, cometido por Israel en contra de Palestina; y, otro perverso y tácito, realizado por Estados Unidos en contra de Cuba. Dos caras de la misma moneda.

No obstante, durante el denominado neoliberalismo —fuese de forma directa por instrucciones de Estados Unidos o por iniciativa propia de las burguesías autóctonas de los países subordinados al imperio— la sociedad ha sido sometida a un sin fin de agresivas estratagemas que tienen un principal propósito: coartar la organización de los trabajadores o de cualquier otro sector de la población en contra del capitalismo y sus manifestaciones. Ante ello, existe una imperiosa necesidad de redoblar esfuerzos en materia del estudio, la discusión y —sobre todo— la organización.

Este conjunto de acciones que se realizan y promueven, por parte del Estado en cualquiera de sus instituciones concretas (gobierno, ejército, universidades, familia, etc.), tiene distintas formas, entre ellas:

  • Represión de organizaciones y manifestaciones: infiltración, sabotaje, persecución, detención, tortura, desaparición y asesinato de militantes; infundiendo el miedo y el terror entre propios y ajenos.
  • Esquilmación de la educación pública y de planes de estudio, desproveyéndolas de su carácter popular y de su contenido histórico-científico, buscando deformar todas las potencialidades humanas y reducirlas a meras capacidades técnicas.
  • Intoxicación digital a través de redes sociales, programas de televisión, películas o series, o eventos deportivos; de carácter altamente adictivo y con un contenido que propala la frivolidad, la mentira y el individualismo.

Todo esto y más, en su conjunto, ha generado que existan, de varios años para a acá, un conjunto de generaciones pletóricas de hombres y mujeres, inocuas y timoratas, sin facultad ni ánimo de pensar por cabeza propia, con poca disposición para cuestionar nuestro entorno y mucho menos a nosotros mismos. En consecuencia, estas generaciones contamos con pocos elementos, que el conocimiento otorga, para adquirir consciencia y estar en la posibilidad de decidir tratar de transformar la realidad social.

Una parte importante de esta situación de despolitización, se explica por la acción de los denominados gobiernos progresistas (por ejemplo, los que tuvieron lugar en América Latina en las últimas dos décadas y media). Gobiernos que, en la mayoría de los casos, tuvieron la necesidad histórica de existir, para dar fin a las administraciones que saquearon sin límite a nuestros países y ponían en riesgo la continuidad del régimen capitalista, no necesariamente por su probada nula eficiencia gerencial, plagada de corrupción que desviaba recursos que eventualmente podrían destinarse a la inversión de capital, sino porque las dinámicas de apropiación económica fueron tan depredadoras, que el descontento social decantaría inevitablemente en guerras civiles.

Gracias a estos gobiernos, existió una desmovilización de varios sectores de la sociedad, pues al mejorar las condiciones de vida de la población y otorgar mayores libertades políticas, “ya no existía la necesidad de organizarse para ello”. Empero, como estos gobiernos no dejaron de tener un carácter burgués, en favor de una administración “más ordenada” y “humanista” del mercado capitalista; nunca tuvieron por objetivo generar consciencia entre la clase trabajadora, que fue quién respaldó en las urnas el ascenso de estos gobiernos, y a la vuelta de los años, también respaldó el ascenso de gobiernos proto fascistas en los mismos países en que justo antes gobernaron los “progres”.

Toda esta situación se da en un momento en que Estados Unidos se encuentra en pleno declive como potencia económica y, al mismo tiempo, sufre un consecuente debilitamiento como país imperialista dominante.

Por ello, y ante el avance económico y militar de China y Rusia, Estados Unidos ha potencializado su actuar represivo y belicista. Apoyado por los países vasallos mantiene al mismo tiempo: una guerra contra Rusia, indirectamente a través de Ucrania y la OTAN; directamente, junto a Israel, otra contra Irán (que van perdiendo); e indirectamente a través de Israel, ha emprendido la invasión de Líbano y Siria, mientras que ha recrudecido el genocidio en contra de Palestina.

Al mismo tiempo, ha reactivado una ofensiva de reconquista de América Latina, que ya incluye —por lo menos— fraudes electorales y financiamiento a candidatos pro-yanquis; la invasión relámpago y secuestro de Nicolás Maduro en Venezuela; y el recrudecimiento de la guerra hacia Cuba, principalmente a través del bloqueo económico.

En este abanico de la barbarie, destacan dos casos que son representativos del ascenso del fascismo: como la expresión de una nueva forma de organización y ejercicio de la violencia —de carácter terrorista— por parte del imperialismo: Palestina y Cuba.

Dado el carácter que representa el genocidio en Palestina, al ser una guerra de colonización que necesita una “limpieza” étnica, ésta no distingue entre niños, jóvenes, mujeres, ancianos civiles y militantes de las fuerzas de resistencia.

Así, la guerra ha generado múltiples detractores a nivel mundial, teniendo una amplia gama de expresiones: con organizaciones armadas atacando a Israel desde Líbano, y abierta solidaridad con la resistencia desde los gobiernos de Irán y Yemen; pasando por el rechazo generalizado entre el común de la población mundial, que cuenta con iniciativas que han realizado viajes de activistas en busca de romper el cerco por vía marítima, y campañas de boicot a productos de Israel; terminando por la farsantería de la mayoría gobiernos que apenas han llegado es a condenar el genocidio, muchas veces solo por la presión popular.

Pero, para el caso de Cuba, la guerra y el genocidio tienen otra forma, a diferencia de Palestina, la “limpieza” no es étnica, sino ideológica. El recrudecimiento de la guerra se hace bajo la bandera del anticomunismo, y a diferencia de Palestina, en donde las formas de resistencia tienen diversas expresiones, en Cuba la resistencia la encabeza un Partido Comunista que conduce un gobierno que sin disimulo tiene como propósito la construcción y perfeccionamiento del socialismo.

Y es que, aun con la despolitización de la mayoría de la población, el genocidio en contra del pueblo palestino encuentra rechazo. Porque es una guerra abierta, y ¿quién en su sano juicio apoyaría el aniquilamiento de un niño? Porque es políticamente más cómoda la condena y la solidaridad con un pueblo que, muchas veces se nos presenta como indefenso, pues la distancia cultural y espacial nos aleja del entendimiento de la lucha de clases que se da en esa geografía.

Por el contrario, como en Cuba no hay una invasión terrestre, porque durante décadas el gobierno socialista se ha encargado de preparar y construir una estrategia de defensa que contempla la guerra convencional, acto que costaría a Estados Unidos empantanarse en una guerra a unas millas de su territorio; lo que existe es un asfixiamiento colectivo, que busca generar un estallido social que genere la deposición del gobierno y, por esa vía neocolonizar y restaurar el capitalismo en Cuba.

Entonces, precisamente por esta profunda despolitización de la población y el carácter vasallo y burgués de la mayoría de los gobiernos del mundo, es más “tolerable” un genocidio como el emprendido por Estados Unidos en Cuba. Total, no están bombardeando niños. Total, ¿quien haría un boicot a los productos estadounidenses o demandaría la ruptura de relaciones diplomáticas? o pero aún ¿quién en su sano juicio va a defender a los comunistas, a los “dictadores”? Varios que de forma farisea hoy dicen condenar el genocidio en Palestina, celebrarían una invasión gringa en Cuba, como vitorearon el secuestro de Nicolas Maduro en Venezuela.

Pero Cuba es el primer país socialista en el hemisferio occidental a las puertas del imperio, y el primero en América Latina, el primero en no ser un vasallo yanqui, en reclamar y hacer valer su soberanía en favor de los trabajadores y campesinos. Esto no solo ha desafiado el orgullo imperialista, sino sus intereses, por lo que no cesará ni escatimará esfuerzos en destruir a la patria de Fidel.

Por ello, dentro del movimiento comunista, y quienes pretendemos pertenecer a él, no debe de haber ninguna vacilación para la defensa de la Cuba socialista. Ya bastante responsabilidad guardamos ideológica y generacionalmente acerca del nivel político imperante, pues tampoco de este lado se ha sabido o querido remontar la situación que prevalece.

Ni hablar de las sectas trotskistas, que aún cuando es claro el propósito yanqui de generar división entre el pueblo cubano, desde el exterior promueven disidencias alternativas al Partido Comunista y “autogestión” obrera. En pleno ascenso del fascismo, no habrá mejor policía que aquel que no reconoce tener dicha condición.

Hoy la lucha contra el fascismo tiene en uno de sus principales frentes, la defensa y solidaridad con Cuba. Esta es una obligación moral y programática de cualquier organización democrática; que en nuestro caso no solo adquiere relevancia por el carácter ideológico de la lucha, sino también por la naturaleza histórico-cultural que compartimos los pueblos de América Latina.

Como dijo Fidel Castro en el riquísimo discurso pronunciado en el acto en conmemoración del XXXII Aniversario del desembarco del Granma y de la fundación de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, el 5 de diciembre de 1988 [1]: “…ser internacionalistas es saldar nuestra propia deuda con la humanidad. Quien no sea capaz de luchar por otros, no será nunca suficientemente capaz de luchar por sí mismo.”

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