
Desde su inicio como escuela Normal Rural diseñado para los hijos de los campesinos, en sus aulas los primeros que pasaron fueron indígenas de la comunidades de Tixtla, como: Atliaca, Omeapa, Zacazonapa y comunidades de los municipios cercano como de Mártir de Cuilapa y de la Montaña, donde los jóvenes indígenas han aprendido nueva lengua para regresar a sus comunidades.
Escribe: Kau Sirenio
Fotografías: Comité de Prensa de Ayotzinapa
Cuando Felipe Arnulfo Rosa se despidió de sus papás el 18 de julio de 2014, les prometió regresar pronto para construirles una casa nueva porque en la que nació está por caerse. Han pasado 11 años y siete meses y no regresa, sus papás al igual que de sus 42 compañeros abandonaron sus hogar para integrarse a la búsqueda de sus hijos.
Mientras que la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa cumplió cien años sin saber que pasó con sus hijos, esta escuela conoce de dolor y esperanza, no es para menos diez alumnos fueron a asesinados y 43 normalistas siguen desaparecidos.
Felipe y 42 de sus compañeros llegaron a la instalación de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos de Ayotzinapa, el 19 de julio de 2014 para cumplir con su semana de prueba, más que nada trabajar con los campesinos, así como lo hacía desde niño en su pueblo Rancho Ocoapa, municipio de Ayutla, Guerrero.
La tarea que Felipe realizaba en su comunidad indígena Ñuu Savi (Pueblo de la Lluvia) donde aparte de estudiar, era cultivar la tierra de su padre, siembra de maíz, calabazas, frijol, chile y jitomate en temporada de verano y en invierno ayudaba en el corte de café, ya en marzo cortaba cañas luego las molía para obtener piloncillo.
Por eso, cuando sus compañeros de la Organización estudiantil Te Savi y Me’phaa, le platicaron de Ayotzinapa se emocionó: “¡De aquí soy!” dijo, recordaría un compañero suyo en Ayutla, después de un mes de su desaparición.
-Él sacó su ficha en la Normal de Ayotzinapa, porque sabe que es una escuela para pobres, varios de los compañeros le platicaban de la Normal, siempre quiso ser maestro para ayudar a su pueblo a sus papás –contó el profesor Efraín Rea López, mentor de Felipe.
El requisito indispensable para ingresar a la Normal de Ayotzinapa, es que el aspirante sea de escasos recursos económicos y de procedencia campesina e indígena, ya que esa es la esencia por el cual surgió la escuela.

El 26 de septiembre, para Felipe fue un día normal en Ayotzinapa, sí, sabía que los pelones (estudiantes de primer año), tendrían actividad esa tarde, más no sabía a donde irían.
Ese día los únicos que sabían a donde iban eran coordinadores (comisión de lucha, orden y disciplina, que pertenecen a la academia de segundo) de las actividades, el objetivo era Iguala, ahí tomarían unos autobuses para completar los 25 que les faltaban para la marcha del 2 de octubre. Una semana antes en Chilpancingo, el gobierno del estado montó un operativo en la central camionera para evitar que los estudiantes sustrajeran los camiones pasajeros.
Así que los normalistas optaron por Iguala, por ser una ciudad que no tiene presencia policiaca y contar con la vía de salida rápida sin ser detenidos o perseguidos, sin embargo la misión no salió como lo diseñaron, porque en el primer intento en la terminal de Estrella Blanca forcejearon con un operador y se desató la persecución policiaca que terminó con la detención y luego desaparición de los 43 estudiantes, y el asesinato de tres de ellos, además de más de 19 heridos.
De los 43 estudiantes que fueron detenidos y desaparecidos por la policía municipal de Iguala el 26 y 27 de septiembre, Felipe y 10 de sus compañeros son indígenas que provienen de las comunidades marginadas de Guerrero: tres hablan la lengua Tu’un Savi (Lengua de la Lluvia), un Me’phaa (tlapaneco) y el resto el náhuatl.
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La comunidad de Ayotzinapa, se ubica en una pequeña planicie, bajo los cerros que rodean a Tixtla. Antes de la revolución de 1910, era una hacienda, sus habitantes se dedicaban a la agricultura y ganadería. Ahí, los campesinos de Tixtla trabajaban para pagar su fuerza de trabajo en la tienda de raya de los hacendados.
Al concluir la revolución, el gobierno revolucionario se propuso dotar la educación a los hijos de los campesinos pobres, así que diseñó el plan de estudio de escuelas rurales, para que ahí se prepararan maestros para ejercer la docencia en comunidades rurales e indígenas.
El 2 de marzo de 1926, es inaugurada en Tixtla, la escuela Normal Regional “Conrado Abundes” con 27 alumnos inicia sus trabajos, el mismo día de la inauguración. “La nueva escuela carecía de instalación propia, además de mobiliario, así que los estudiantes llevaban sus sillas y mesas para recibir sus clases en una casona en Tixtla. Los asientos y mesas que faltaban se suplieron con cajones de empaque, tablas y se improvisaron muebles con piedras, troncos de árbol”, escribió en su diario el profesor Rodolfo Bonilla, fundador de la escuela.

Agrega en su escrito el maestro fundador: “La escuela Ignacio Manuel Altamirano, nos auxilió con material, como pizarrón y butacas. Esta escuela normal fue la primera institución de estudios superiores en el estado, se distinguió en muchos aspectos de la educación; fue mixta y los jóvenes internos se manejaron en una casona que fue del señor Trinidad Sánchez Castro, haciendo esquina con las calles de Igualdad y El Reloj; las mujeres, en unas piezas que les adaptaron en un costado del curato. Lo que hoy es la biblioteca Ignacio Manuel Altamirano”.
Desde su inicio como escuela Normal Rural diseñado para los hijos de los campesinos, en sus aulas los primeros que pasaron fueron indígenas de la comunidades de Tixtla, como: Atliaca, Omeapa, Zacazonapa y comunidades de los municipios cercano como de Mártir de Cuilapa y de la Montaña, donde los jóvenes indígenas han aprendido nueva lengua para regresar a sus comunidades.
En 1930 el maestro Rodolfo A. Bonilla entrega la escuela al Raúl Isidro Burgos Alanís para hacerse cargo de la dirección escolar y gestionar la construcción del nuevo edificio.
La escuela, fue vista con buenos ojos por los indígenas del municipio de Tixtla, así que sugirieron al director Raúl Isidro Burgos que gestionara ante las autoridades federales para que dotaran la hacienda de San Juan de Ayotzinapa para que ahí se instalara la Normal Rural.
En 1931, el secretario de educación conoció los problemas de la Escuela Normal “Conrado Abundes”, por la gestión del director, así que acompañó a los maestros y alumnos para visitar las siete hectáreas del terreno de Ayotzinapa. Ahí, el profesor Burgos hizo hincapié para que se dotara ese terreno para construir ahí el edificio deseado. Sería hasta el 1 de marzo de 1931, cuando se les autorizó la dotación de tierra a la Normal, vendría después batallas jurídicas y legales porque los caciques de Tixtla azuzaron a los campesinos para que reclamaran la tierra como si fuera de ellos los dueños.
El 30 de marzo de 1931, la escuela Conrado Abundes se traslada a lo que sería su nueva casa, además cambia de nombre, ahora se llamaría Vicente Guerrero.
El maestro Raúl Isidro Burgos Alanís, se jubiló en Tixtla, donde vivió durante sus últimos años. Además de académico Isidro Burgos también fue poeta y compositor de chilenas guerrerenses.
El 10 de abril de 1971, falleció el maestro Raúl Isidro Burgos Alanís quien antes de morir pidió como su última deseo, que cuando muriera sus cenizas sirvieran para alimentar a un árbol que a la orilla del camino diera sombra y protección a todo aquel que estudiara, viviera o visitara la escuela. Sus cenizas fueron colocadas el 24 de abril de 1971 en una urna y en una ceremonia especial se develó un busto del maestro Burgos. En su honor, la Escuela Normal Rural lleva su nombre.
El 22 de marzo de 1984, el presidente Miguel de la Madrid Hurtado emitió nuevo acuerdo presidencial para elevar la educación normal al rango de educación superior, desde esa fecha los alumnos estudian licenciatura en educación primaria y desaparece la carrera técnica de Pedagogía con el programa de estudios para las escuelas normales urbanas y rurales, apartando así de sus principios de atender las necesidades de comunidades campesinas e indígenas.
A raíz del asesinato de los estudiantes Jorge Alexis Herrera Pino y Gabriel Echeverría de Jesús el 12 de diciembre de 2011, en la Autopista del Sol, se cambió la licenciatura de Educación Física por la de Educación Bilingüe con enfoque Intercultural Indígena.
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Para muchos estudiantes indígenas, Ayotzinapa es un lugar ideal para continuar con sus estudios, aquí encuentran de todo. Aunque uno dicen que les hubiera gustado que desde un principio contar con una licenciatura bilingüe indígena para que de esta forma no tan solo estudiar la pedagogía sino también la lecto-escritura de su lengua materna.
“Uno como indígena encajarse en la escuela superior en las ciudades es muy difícil, por eso Ayotzinapa al abrir sus puertas con la licenciatura bilingüe ofrece la oportunidad para los estudiantes indígenas, para desarrollarse y desenvolverse como persona, porque no lo desarraiga de su contexto rural ni de sus actividades cotidianas” explicó un normalista na savi.
Agrega: “Contrario con lo que pasa en las universidades urbanas donde no se le ofrece a los estudiantes un espacio donde puedan interactuar con la naturaleza y con su realidad. Creo que a eso se debe que los estudiantes indígenas le cuesten mucho trabajo continuar con sus estudios, muchos de ellos desertan antes de terminar su primer semestre”.
Los muchachos encontraron en Ayotzinapa lo mismo que hacían en su pueblo, allá iban a cuidar a los animalitos, ayudaban a sus abuelos en el quehacer del campo. “O sea, a la siembra de temporada porque allá no tenemos el sistema de riego por la falta de agua, todos participamos en el trabajo comunitario, como salir en la danza de la fiesta patronal o estudiar música de viento. Llego aquí y no me siento ajeno porque no dejé de tajó lo que es mi identidad” recupera, el normalista.
De lo que el normalista habla de la similitud de su comunidad con la Normal de Ayotzinapa, es la formación de diferentes clubes culturales: como el club de danza “Ayotzintepetl” con un número de 25 integrantes. El Club de Danza realiza gira en las comunidades cercanas a Tixtla y a otras regiones del estado: Costa Chica, Montaña, Costa Grande, Norte, Tierra Caliente; y en diferentes estados del país como: Veracruz, Nayarit, Yucatán, Nuevo león.
La Normal de Ayotzinapa tiene además, un grupo de jóvenes que conforman el club de la rondalla “Romance”, entre sus canciones están: Himno a Ayotzinapa, Que lastima, Mi gran amor, Te lo pido por favor, Linda juventud, Soy yo, Cenizas y fuego.

Jose Luis García de la Cruz, nacido en la comunidad mè’phàà, Tierra Blanca, Municipio de Acatepec. Dice que Ayotzinapa es el río de las tortugas y cuna de la conciencia social de los pobres. “Sobre todo es el lugar que siempre busqué para continuar con mis estudios, porque en la ciudad no pude hacerlo. Aquí estoy seguro que culminaré mis carrera, ya que en la universidad tuve que dejar la escuela de ingeniería, porque no me acoplé a la ciudad”.
El profesor mè’phàà egresado de esta Normal cuenta como le ayudó esta institución, desde la interacción con sus compañeros y con las actividades agrícolas en que se desempeñó cuando ingresó a primer año como pelón. “Cuando entré a la escuela no conocía lo que es el normalismo rural y menos de la lucha de la clases social, uno se desenvuelve adentro y fuera, cuando llegué recuerdo que no podía hablar ante un público de más de cinco compañeros, sin embargo creo que ahora es un logro porque lo puedo hacer”.
Jose Luis continúa con su historia, recuerda que en los círculos de estudios aprendió a defender lo que le pertenece, la familia, la salud, educación y el respeto como indígena pobre en la montaña, donde los pobres creen que luchar es defender lo indefendible.
“Defender tus derechos como pueblo, porque un pueblo no puede estar callado ante un gobierno que no resuelve los problemas, esta defensa lo tiene que hacer un profesor rural. Yo quería ser ingeniero civil, estudié un año en Chilpancingo, además de que no me acoplé, no tuve suficiente dinero para seguir con la carrera. Veía la necesidad del pueblo y quería que la gente despertara y que mi pueblo salga adelante, por eso decidí estudiar la licenciatura de educación bilingüe con enfoque intercultural”, agrega el normalista.
–Para los estudiantes indígenas, ¿Crees que Ayotzinapa es una oportunidad? –descargo la pregunta.
–La normal de Ayotzinapa, sí, porque te ayuda con diferentes apoyos económico, tanto beca como el internado y el comedor. Además de uniformes, o sea nos dan todo, es nuestra segunda casa, pero acá con comida aunque sea poco pero lo tenemos.
Jose Luis, contesta cada pregunta que se le plantea. Cuando no entiende con claridad la interrogación mueve la cabeza y pide que se le replantee la pregunta. Confiesa que en su pueblo, Tierra Blanca cuando mucho comía carne una vez cada mes, de ahí solo calabaza, frijol, salsa de jitomates y quelites, sin embargo en el comedor de la Normal comía carne más seguido, además, aprendió que después de la comida viene el postre.
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En Ayotzinapa, aparte de los programas de estudios de la Secretaría de Educación Pública, cuenta también con talleres técnicos como carpintería, herrería, talabartería, industria y lengua indígena, los que más participan son los normalistas indígenas.
Estos talleres fueron cerrados con el plan y programa de estudios 1997. Después de los hechos de 12 de diciembre de 2011, en la Autopista del Sol donde fueron asesinados Jorge Alexis y Gabriel Echeverría a mano de policía federal, estatal y ministerial, se reabrieron para que los normalistas puedan optar por un oficio.
Además de talleres de oficio en la Normal de Ayotzinapa, los estudiantes de nuevo ingreso siembran flores, maíz, frijol en verano. La producción lo utilizan para alimentar a sus ganados como: vacas, puercos, gallinas ponedoras, conejos y codorniz.
El dinero que recaba con la venta de las flores o de maíz, lo destinan para la compra de fertilizante, medicinas y alimento para los cerdos o en su caso en la compra en otros ejemplares de los animales.

José Luis habla de la convivencia comunitaria con los campesinos de las comunidades indígenas nahua de Tixtla, Acatempa, Atliaca, Omeapa, Zacazonapa y El Troncón, los estudiantes de nuevo ingreso, durante la semana de adaptación ayudan en la limpia de la milpa o en la fertilización de los cultivos.
Cuando fallece una persona, ya sea en los barrios de Tixtla o en las comunidades indígenas, los familiares de los fallecidos piden ayuda, los normalistas les llevan leñas, maíz o en su caso hasta un cerdo, hay veces que los pelones acuden a hacer las fosas para el entierro.
“Una vez vi que los compañeros del comité dispusieron de un puerco, una carga de leñas y se las llevaron a unos señores que no tenían para el velorio de su familiar a mí no se me hizo raro, porque en mi pueblo eso lo hacemos muy seguido, eso me hizo arraigar más a esta Normal, eh aprendido mucho como indígena aunque muchos compañeros no conocen que eso de la comunalidad indígena, no es otra cosa que la ayuda mutua”, recuerda.
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Los jóvenes indígenas que en su mayoría no encuentra la posibilidad de continuar con sus estudios casi la mayoría optan por migrar a los Estados Unidos, la meta de ellos es trabajar, juntar dinero para construir sus casa luego casarse, otros simplemente se casan y después terminan en el “gabacho” como ellos mismo dicen.
La misma promesa hacen los estudiantes indígenas cuando se van a estudiar, primero la carrera, luego conseguir un trabajo y después la casa, eso repitió Jose Luis García de la Cruz. Él dijo que una vez que tenga su plaza de maestros lo primero que haría es construir una casa en su pueblo, porque es requisito indispensable para tener derecho a voz y voto en las asambleas comunitarias.
Para otros, no tan solo es la construcción de la casa sino, que se trata de sacar de la pobreza a sus padres, pero sobre todo ayudar a sus comunidades para salir de la pobreza en que se encuentran, así le contó a sus compañeros Magdaleno Rubén Lauro Villegas quien nació en La Montaña, él ingresó a la Normal de Ayotzinapa para ser maestro bilingüe, porque deseaba enseñar a “los niños indígenas que no hablan español…”
Quizás por eso Felipe se emocionó cuando supo los pormenores de la Normal de Ayotzinapa, su mamá cuenta que en el mes de abril subió a Rancho Ocoapa, al noreste de Ayutla, para contarles que encontró una escuela donde estudiar y que no le faltaría dinero para ese propósito.
-Ndika’an yu in kivi ta Felipe ndara ñuu, kusìì lo’o ìnì ra. Ndisàà ni kua ndatu’un ra xí’in ndu xá’a ve’e ka’avi yó’o (Recuerdo que cuando Felipe subió al pueblo estaba muy contento. Toda la tarde estuvo hablando de la escuela) recuerda Dominga Rosa con voz entrecortada.
Un día antes de subir a Rancho Ocoapa, Felipe también platicó con sus compañeros de la Organización Estudiantil Te Savi y Me’phaa, ahí les dijo que su anhelo era ser maestro para ayudar a sus papás. Porque ellos ya están grandes y no tienen casa, además se haría cargo de sus dos sobrinos que se quedaron sin papá que fue asesinado en 2012.
El profesor Efraín Rea López fundador de la Organización a la que pertenecía Felipe, recuerda al normalista: “Felipe es un muchacho muy trabajador, en la mañana vendía bolillos y en la noche tacos. Siempre buscaba como ayudar a sus padres y a sus sobrinitos. Él sacó su ficha en la Normal de Ayotzinapa porque sabe que es una escuela para pobres, varios de los compañeros le platicaban de la Normal, siempre quiso ser maestro para ayudar a su pueblo y a sus papás”.
En agosto de 2012, Felipe regresó a Ayutla, triste, cuando estaba solo lloraba en silencio por la muerte de su hermano Victoriano. “Lo vimos muy triste, se pasó días agobiado, hasta que les preguntamos que tenía fue ahí cuando nos dijo que su hermano fue asesinado” cuenta el maestro bilingüe.
En esa plática de Felipe con sus compañeros, él asumió la responsabilidad de su casa porque era el único varón que les quedaba en la familia. “Hay otros recuerdos, con él, hace un año cuando el huracán Manuel dejó afectaciones en las comunidades me’pàà, él se integró de tiempo completo a las actividades que realizamos para ayudar a los damnificados de la comunidad de Aguacate, municipio de Ayutla, anduvo casa por casa juntando víveres”.
Agrega: “Al día siguiente subimos caminando con el apoyo, caminamos más de ocho horas con la carga al hombro, lo entregamos a la gente porque fuimos los primero en llegar, pero luego en la noche cayó una lluvia torrencial y no podíamos regresar, hasta que llegó un helicóptero de la policía federal a dejar ayuda, entonces nos venimos con ellos. Creo que fue la primera y última vez que se subió en un aeronave”.
Cada semana, en la organización, se programaban colecta, los integrantes salían en las calles o en la carretera de esa forma sostenían su movimiento estudiantil, porque en Ayutla, los que más sufren son los estudiantes indígenas, uno por no hablar bien el español y dos por ser pobres.
Dominga recuerda que el 5 de agosto Felipe escucho el disparo que le segó la vida a su hermano, él fue el primero en llegar en el camino que conduce al terreno del cañaveral, cafetal, platanal y cacao. Ahí encontró a Victoriano con un disparo en la cabeza.
Después del sepelio del hermano, Felipe empezó a visitar más seguido a sus sobrinos llevándole cuadernos y lápices a Samuel Arnulfo Lorenzo quien empezaba a leer los primeros vocales a sus seis años con la ayuda del tío.
El 18 de julio de 2014, se despidió de su papá, ese día les dijo que cuando regresara de vacaciones de diciembre, les ayudaría sacar las maderas para reconstruir la casa porque se está cayendo, ese día no ha llegado ahora la casa luce más abandonada que cuando salió.
Sentada al lado de la fogata Dominga recuerda su vivencia en Ayotzinapa desde que les avisaron que su hijo fue detenido, dice que pensaron que la policía los habían llevado a la cárcel así que se fueron a Tixtla con muy poco dinero y de ahí hablarían con un familiar para que les prestara más dinero para pagar la fianza si es que eso se necesitaba.
Sin embargo, cuando llegaron a Ayutla les dijeron que su hijo fue desaparecido, así que se trasladaron a Ayotzinapa en donde empezó la búsqueda junto con su esposo Damián Arnulfo Rosa sin tener resultados, ni siquiera no ha regresado desde septiembre a Rancho, ni siquiera supo cómo le hizo Dominga para cosechar el maíz que Felipe ayudó a sembrar en Junio antes de ir la semana de prueba.
–Kúvi ka’an yu Tu’un Sa’an, sakan viti kuvi kakan yu takui xí’in ista (No sé hablar el español, sólo sé cómo pedir agua y tortillas –dice mientras recoge su cabello.
Agrega: Va’a kuni ini ndu kivi ka’an na ni taku na kuatyi, ta ni kivi ka’an na ní ni xi’i na, ta kixa’a ti xu’vi ini ndu. Ndu’u vasa ni xáa ndu ña tyitun xi’in inga na yuvi, ñakan ni ndikó ndu nda’a yuva ndiosi, ndaa takan k uta xini ndatyun ndo’o ndu sakan (Nuestro corazón se siente bien cuando nos dicen que los muchachos están vivos, pero cuando dicen que están muertos nos duele mucho. Nosotros no le hicimos daños a nadie así todo lo dejamos en mano de dios, sólo él sabe porque nos pasa esto”.











2 Comentarios
Excelente texto compañero.
Soy egresado de la generación 87-94. Forme parte de la transición del nuevo plan de estudios se normal básica a licenciatura.e tocó estudiar en Ayotzinapa 3 años de bachillerato pedagógico con pase directo a la Lic..
Un testimonio profundo y necesario que visibiliza la lucha cotidiana de los pueblos originarios, históricamente golpeados por la injusticia, el abandono y la constante violación de sus derechos. A cien años de las normales rurales como Ayotzinapa, su historia sigue marcada por la dignidad, pero también por heridas abiertas que aún claman verdad y justicia.