
En 2022, el gobierno federal presentó un plan de acción basado en la centralidad de los pueblos indígenas, pero hasta hoy no ha sido suficiente, algunas de las lenguas del país están en grave riesgo de desaparición debido a procesos de exclusión y discriminación, otras han ido desapareciendo.
Texto y fotografías: Rocío Flores | Periodista binnizá
«Mi abuelo tenía el deseo de oír hablar a un niño Xjuani»
Xjuani | Santa María Ixcatlán.- En medio de un valle ramificado, unos árboles jóvenes retan al paisaje árido de la carretera que lleva a Santa María Ixcatlán. El camino es silencioso, de un color blanquecino por la erosión que caracteriza a esa zona, en los límites de la Cañada y la Mixteca oaxaqueña. La distancia desde la ciudad de Oaxaca es de 141 kilómetros, unas dos horas y media, pasando por Coixtlahuaca un histórico pueblo conocido como «El llano de las serpientes» por su río serpenteante que cruza y la cosmovisión indígena local. El tiempo puede parecer mayor por el silencio de los lomeríos rocosos y el calor, pero la distancia se acorta cuando se ven las palmeras.
Al llegar a la entrada hay una frase en xjuani o ixcateco: Iñakendikuatuxuiri Xula – Bienvenido a Ixcatlán, un pueblo de unos 450 habitantes. Aquí es donde vivió don Cipriano Ramírez Guzmán sus últimos años, dedicado a la enseñanza de su lengua, consciente de que no hay otra población en el mundo donde se escuche. Subiendo la calle a la derecha principal está la iglesia, a un costado un solar vacío que en cuaresma funciona como mercado y más arriba la cancha y el palacio municipal, donde la autoridad y dos o tres personas más del Cabildo esperan ofrecer un servicio o la hora para ir a comer.
Todos hablan español. El más joven de 20 años de edad solo entiende algunas palabras del ixcateco. “Me enseñó don Gregorio en los talleres, pero eso fue cuando tenía seis o siete años de edad. No hablo ”. Detrás de su escritorio, el alcalde aclara: “tiene rato que se dejó de hablar, ahorita como que lo empiezan a retomar los niños, vienen a clases los martes y jueves por la tarde con Esmeralda y con Rosalía, la hija y la nieta de don Cipriano, ellas son las únicas que más o menos entienden el idioma”.
A unos pasos del palacio municipal, un cuarto gris con techo de lámina sirve como salón de clases de xjuani. Don Cipriano compartió aquí a niñas, niños y adolescentes. Por su avanzada edad, Esmeralda se ocupó de elaborar los materiales para las clases y fue asumiendo el rol que tenía su abuelo. En 2020 decidió dedicarse de tiempo completo a la revitalización de la lengua. Entre 2024 y 2025 diversas instituciones ofrecían apoyos económicos a quienes asistían a los talleres, pero dejaron de hacerlo y la gente dejó de ir. Por la experiencia sabe que uno de los mayores obstáculos es el desinterés de la comunidad.
Desde la ciudad de Oaxaca, Michael Swanton opina que hubo un cierto “vicio”. «Hay que pagar a los profesores, pero si la gente solo quiere aprender la lengua por dinero se puede viciar el proceso”. Él tiene la experiencia de casi tres décadas de trabajo en Ixcatlán. Cuenta que en 2010, dos maestras de la comunidad: Lilia Zárate Mendoza y Viridiana Castillo Martínez invitaron a gente como don Gregorio, Pedro y Cipriano a dar clases en las escuelas en horarios oficiales. “Eso daba cierto prestigio, no se veía como un programa de gobierno sino como una cuestión educativa y la gente está más dispuesta”.

Han habido distintas acciones en torno a la lengua. En 2006, el INALI contribuyó con la reedición de una cartilla elaborada en 1950 desde la comunidad, también se cuenta el trabajo de Marcos Sandoval desde la Secretaría de Asuntos Indígenas y la UABJO, incluso hay señaléticas en ixcateco, pero, lamentablemente, han sido acciones dispersas, discontinuas». “No hay una visión estratégica”, apunta el lingüista.
“Suena muy bien en la Nueva Escuela Mexicana articular el conocimiento académico con los problemas locales, incluir a las lenguas, pero si pretendemos una trasmisión generacional, una o dos horas de clases no son suficientes, quizá ayude con el prestigio pero no para la transmisión.Tenemos estudios científicos sobre bilingüismo, sobre el porcentaje de contacto que se requiere para transmitir una lengua”.
Lo más preocupante para Swanton es la cuestión institucional, el énfasis en la idea de raíces de la nación, donde la identidad local conecta con el nacionalismo. “Para eso, solo se necesita un conocimiento para un acto performativo, para iniciar un discurso con una frase en lengua lengua, portando un traje, y eso parece suficiente para afirmar una identidad que se puede articular con el Estado”
Cuando Patrocinia recuerda a su esposo Cipriano, quien murió apenas en enero de este año, dirige su mirada hacia el exterior de la casa, habla de lo cotidiano, de su trabajo en el campo, del corte de la palma, parece darnos pistas para entender por qué es importante la sobrevivencia de las lenguas, comprender, como dice el lingüista Michael Swanton, que la lengua es conocimiento y a la vez, una forma acceder a otro conocimiento. Por segundos parece ausentarse, hacer memoria. Detrás de ella, en la pared de piedras de color blanquecino está una foto de su esposo, ella y su hermano Pedro Salazar. Con ellos platicaba hasta hace unos años. Su hermano murió en enero de 2023 y su esposo hace apenas un mes.“ Ya no está, él era quién me decía habla la lengua. Ahora no hay personas para platicar, está Rufina, Lidio o Gregorio, pero no oyen bien y casi no hablan”.
Después de la muerte de don Gregorio, Pedro y Cipriano, de los últimos hablantes fluidos, es más difícil decir quienes hablan Xjuani. Patrocinia sabe, habla con su nieta un poco, pero se acostumbró al español. Había dejado de hablar desde que renunció a la Primaria por temor a los castigos. Swanton solo ubica a Rufina con un amplio vocabulario y a otras tres o cuatro personas que entienden, aunque hablan poco, les llama bilingües receptivos.
También reconoce el trabajo de vanguardia de Esmeralda, la nieta de Don Cipriano que ahora tiene 28 años de edad; ella escuchó hablar a sus abuelos gran parte de su vida, habla poco, se considera aprendiz, sin embargo, por convicción, asumió el reto de dar clases apoyada por su madre y su abuela, teniendo en mente la idea de su abuelo de ver y escuchar a una niña, niño o adolescente hablar Xjuani.
Petra Osorio Sosa y Roque Julián de la Rosa durante un trabajo de documentación | Foto: Cortesía de Rosemary Azcona.
Tì’ch nò | Asunción Tlacolulita.- En Asunción Tlacolulita, un municipio de la región del Istmo de Tehuantepec en Oaxaca, hasta hace un par de años aún se oía el zapoteco, específicamente el tì’ch nò. De aquí era Roque Julián de la Rosa, un hombre muy lúcido, energético, que podía estar gran parte del día enfocado en documentar su lengua. La lingüista Rosemary Grace Beam de Azcona lo recuerda y describe con aprecio. Fue su colaborador más cercano, con él hizo grabaciones de cuentos en zapoteco, incluso analizaban frase por frase. “Pude hacerle preguntas detalladas, contestaba y explicaba cosas con mucha paciencia, comprendía lo que estuve tratando de hacer, estuvo interesado”.
Don Roque fue uno de los últimos tres hablantes fluidos del tì’ch nò. No tuvimos oportunidad de conocerlo. Murió en junio de 2025. Las otras dos personas habitantes fueron Reyna Sosa Zenón, quien falleció en agosto de 2024 a los 99 años, y Gregorio Sosa Vázquez, quien partió en octubre de 2025, un mes antes de cumplir los 94 años. Con él (y su nieto) pudo trabajar muy poco, debido a que, por su avanzada edad el cansancio lo vencía.
Fue la última oportunidad de Beam Azcona para estar con uno de los hablantes. Después de la muerte de Gregorio buscó a otras personas, pero ya no fue posible. A pesar de que aún hay quienes saben muchas palabras, no todas, no hablan fluido. Otras dicen: Yo entiendo la lengua, pero no la hablo. También hay personas que quizá pueden hablar bien, pero no les gusta o no les interesa recuperar su lengua.
Una de las causas por las que no quieren hablar es la pena, apunta la lingüista. La gente te corrige, te critica, dice que no lo estás hablando correctamente y mejor no te atreves. Otras veces es por recordar experiencias de discriminación que hubo en su familia durante la infancia en su etapa escolar, un fenómeno muy común.
Asunción Tlacolulita es una isla zapoteca en medio de pueblos chontales. En toda la región se siente el calor del Istmo y hay muchas cosas culturales en común, pero la lengua fue muy particular. Lo dice Rosemary Beam Azcona. “Todas son especiales, pero esa lengua únicamente se hablaba en ese pueblo, no hay ningún otro pueblo donde la hablan. Yo no sé si en algún momento la lengua de Jalapa del Marqués era la misma lengua, pero en los últimos dos siglos, únicamente ahí se habló, todos los pueblos alrededor hablan chontal”.
Considera importante que se sepa que hoy en día, dentro de la familia zapotecana hay 22 lenguas zapotecas y tres chatinas —así como dentro de la familia romance, hay francés, español, portugués— tan distintas entre ellas, que si dos personas que hablan o se escuchan quizá pueden identificar palabras, pero es posible que no puedan entablar conversación.
“Solemos llamar zapoteco a todo y eso da la impresión de que es una sola lengua, pero no es así, cada una tiene características, algunas tienen niñas o niños que hablan, otras no. “Sí, todas corren un riesgo, pero no todas corren el mismo riesgo, hay lenguas que están en la misma situación que el Ixcateco”. Por eso, le resulta fundamental que quienes trabajan con las lenguas: activistas, gobiernos, lingüistas, puedan conocer las fronteras entre una lengua y otra para tratar de mejorar su situación. “¿Cómo podrían los gobiernos asignar maestros, libros o programas correctos a los estudiantes si no reconocen la frontera entre las lenguas? si ellos dicen que todo es zapoteco, si lo pintan como una lengua solo tienen que pagar una traducción, pero lo mejor, dice, es basarse en la inteligibilidad, en la comprensión.
Rosemary Beam Azcona continúa con su pasión por estudiar el cambio de las lenguas a lo largo del tiempo, los sonidos, la estructura, el vocabulario y el significado de los idiomas, así como las posibles causas que provocan la pérdida. En Tlacolulita se reorganizó con Tita, como le llaman a la viuda de don Roque, y con Marcos Sosa, el nieto de Gregorio, para trabajar con las grabaciones que hizo en otro tiempo con algunos de los últimos hablantes del tì’ch nò.
Otras lenguas en grave riesgo de extinción en Oaxaca, son el zapoteco de Mixtepec y el chocholteco.










