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El reto Tu’un Savi

Tenemos que cambiar nuestra rabia de víctimas y empezar a diseñar estrategia para que se multipliquen  los hablantes de tu’un savi en el territorio Ñuu Savi, universidades públicas y privadas y metrópoli. 

Texto y fotografía: Kau Sirenio 

Un día llegué al hospital de Acapulco, en la entrada del nosocomio encontré a una mujer sentada en cuclillas. Por la colorida vestimenta -blusa bordada de flores y aves a la altura del pecho y falda amarilla- me guiaron para identificarla que viene del municipio de Ayutla de los Libres, Guerrero. 

—Yàa va’a ini un ña taku ìnì (¿Está bien tu corazón mujer de corazón vivo?) -pregunté en tu’un savi. 

—Yàa va’a ini yu (Mi corazón está bien) -contestó ella en una de las 36 variantes lingüísticas de tu’un savi. 

A pesar de que le hablé en tu’un savi, la mujer intentó contestar en castilla, así como lo hemos hecho muchas veces cuando nos encontramos en espacios públicos, para que no nos miren feo como ha pasado en años atrás, cuando aún no conocíamos nuestro derecho lingüístico. 

La sorpresa no termina ahí. En el pasillo del banco de sangre topé con tres familias ñuu savi, dos mujeres ataviadas de ropa tradicional de las comunidades del municipio de Ayutla; otras dos mujeres con ropa citadina, mientras que los hombres iban con la ropa que les impuso el mestizaje. 

Las tres familias estaban en amenas charlas, mientras que los extraños que llegaron a donar sangre a este lugar los miraban pero se mantenían callados, de repente la conversación en tu’un savi subió de de volumen, las carcajadas y las miradas de los na savi mostraba seguridad y confianza entre ellos. 

El encuentro con na ñani xì’in na ku’va (hermanos y hermanas) fue un reencuentro con mi pasado. Cuando era un niño y caminaba por las calles de Acapulco, en aquellos años, platicaba tu’un savi con mis hermanos pero en voz baja o era casi a escondidas, ahora, esa historia queda solo en los recuerdos que estoy seguro que no debe repetirse nunca en la historia de México. 

El uso de tu’un savi de los ñani xì’in na ku’va de Ayutla es un aprendizaje que todos lo que comemos, lloramos, cantamos, bailamos en tu’un savi debe ser un orgullo, pero muchas veces esto significa renunciar el uso de la lengua para no ser discriminados en los hospitales y en los juzgados, porque la barrera lingüística siempre se impone a los derechos humanos. 

Solo sí hablamos nuestros idiomas sin miedo a ser rechazados y sin que la blanquitud universitaria nos vea con prejuicios,  podremos lograr que las instituciones del Estado mexicano doten de intérpretes en los hospitales, juzgados y medios de comunicación. 

Entonces, los hablantes de tu’un tenemos el reto de hablar nuestra tu’un savi en espacios públicos para que se institucionalice y tome carta de ciudadanía. Esto a pesar de que la lengua materna es la última resistencia de los pueblos y comunidades indígenas, ya que es único medio que guarda celosamente nuestro conocimientos y saberes. 

Si no somos capaces de ciudadanizar las lenguas indígenas, seremos responsable de lo que ocurra con la muerte de las 68 lenguas de los pueblos plurinacionales. 

Las preguntas de siempre son: ¿Quién va a reconocer tu’un savi si no lo hablamos? ¿Cómo vamos a demandar intérpretes en los hospitales, juzgados, oficinas de derechos humanos si no usamos tu’un savi? 

El uso de la lengua en los espacios tienen que ser la base piramidal para que el tu’un savi nos lleve a buen término y podamos convivir dentro de las miles lenguas indígenas que se habla en el mundo. No basta con usar unas cuantas palabras en tu’un savi para presumir que somos hablantes de la lengua de la lluvia. El compromiso con nuestra identidad lingüística tiene que ir más allá, así como lo hacen na ñani xì’in na ku’va en el hospital de Acapulco. 

Tenemos que cambiar nuestra rabia de víctimas y empezar a diseñar estrategia para que se multipliquen  los hablantes de tu’un savi en el territorio Ñuu Savi, universidades públicas y privadas y metrópoli.  Que la ley general de derechos lingüísticos de los pueblos indígenas sea nuestra arma para abrir más espacio para la lengua de la lluvia. 

Así las cosas, el reto no es menor. Es una tarea gigante, pero no hay cosa imposible, es momento de empezar a platicar con las abuelas y abuelos para dejar de castellanizar tu’un savi.

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