
La función comienza con una carta que le dan a leer a alguien del público mientras otros asistentes entran al recinto, a manera de una protesta social, con una manta llena de marcas como Monsanto, Walmart, Genta y Bayer, en medio de símbolos del dinero, águilas negras, calacas pesticidas, tractores y manchas rojas.
Texto: Víctor Villarreal Cabello
Fotografías: Kau Sirenio
La obra Apegos (com)partidos: reflexión performativa sobre migraciones laborales hacia América del Norte, inspirada en el libro Jornaleros migrantes / explotación transnacional, de Kau Sirenio, se estrenó este 21 de noviembre en la sala de conferencias «Mónica Verea» de la Torre II de Humanidades de Ciudad Universitaria.
Se trata de una puesta en escena de Aaraón Díaz Mendiburo, quién junto con Omar Guadarrama Aguirre protagonizan la obra.
La función comienza con una carta que le dan a leer a alguien del público mientras otros asistentes entran al recinto, a manera de una protesta social, con una manta llena de marcas como Monsanto, Walmart, Genta y Bayer, en medio de símbolos del dinero, águilas negras, calacas pesticidas, tractores y manchas rojas.
Después, uno de los actores pregunta al otro: ¿Qué es una carta sino un cacho de tiempo detenido, una ventana del tiempo: palabras del pasado, el futuro, la memoria, algo atemporal? Luego se lee una serie de cartas de mujeres migrantes en el exterior que trabajan la tierra. Después, se señala: «Detrás de cada tiendita hay rutas de explotación».
La carta es una invitación a preguntarse de dónde vienen las cosas que se consumen en la ciudad. Alguien tendrá que sembrarlas, producirlas, distribuirlas. No todo empieza en el consumo. ¿Quiénes trabajan la tierra?: migrantes en el campo, jornaleras. ¿Cómo viajan? Es imperioso honrarles.
Al fondo empieza a sonar Cruz de olvido, de Las Jilguerillas: «Con el atardecer, / me iré de aquí, / me iré sin ti, / me alejaré de aquí, / con un dolor […] te juro corazón, que no es falta de amor […] la barca en que me iré / lleva una cruz de olvido…».
Casi todas las cartas empiezan con un «Querido hijo», y continúan con las infancias hechas memoria y atomizadas en un «te acuerdas del taco con sal o el agua de mango», la memoria evoca. Memoria nostálgica de migrantes en el exterior que extrañan su tierra, su gente y sus tiempos.
Los patrones preguntan de aquel lado «¿Quieres trabajar?! ¿Qué sabes hacer?», y el jornalero contesta: «Sé sembrar maíz, frijol, haba; todo».
Los programas de trabajo temporal llevan personas de El Salvador, Honduras, Nicaragua, Filipinas, entre otros países a pizcar al norte. Van por «el sueño americano» o «american dream», pero viven «la pesadilla americana» o «la american hightmare». Suena A dónde iras paloma, de Kimi Tuvi: A dónde irás, paloma, / ahora que te marchas, y empieza otra carta que empieza: «Querido hijo». sobre una mujer de Guatemala que va a pizcar fresas.
En el fondo suenan voces en varios idiomas, ecos de la violencia que viven las personas migrantes en el exterior: «Español no. Inglés»… «No se permite hablar»… «No me importa. Muévete»… «Les pagamos por trabajar no por hablar»…
Las mujeres dicen en sus cartas: «No tenemos papeles, pero aun así nos morimos en la raya»… «Todo les pertenece (a los patrones): las literas, los transportes; hasta nosotras; denunciar no servía, sólo te exponía».
La ley de estar ausentes o más bien presentes en la tierra, entre dos fronteras, con la familia, en los ojos secos de los pesticidas, en las mesas de las ciudades y en los ladrillos de esperanza de las madres migrantes.
¿Qué pasa cuando una migrante se lesiona? Las regresan. Dicen los diálogos: cuando las personas se llevan un bocado a la mesa no piensan que sol, polvo y pesticidas se quedan en piel, garganta y espalda de las personas migrantes. Son cosas que no se ven el supermercado. Las ausentes, las invisibles. Igual desde las voces de los patrones se escucha: «Todo es chingarle, producir, ser invisibles, no andar con cosas románticas».
Las voces migrantes responden: «Yo no me siento invisible, pues siento rabia, tristeza, orgullo. Pues nos morimos en la raya».
Suena la melodía Me voy, de Los Cadetes de Linares. Me voy, / me voy, / me voy…
«Cargado de dolor esta mi cuerpo». Las cartas se preguntan: «¿Hasta dónde y hasta cuándo tenemos que morir en la raya?». Las cartas afirman: «Tu madre se hacía pequeña, para que tú pudieras soñar en grande»… «Este encierro me quita el aire, pero no la dignidad»… «Que las palabras crucen los muros». «Atentamente: “tú mamá, mi mamá”».
Suena El mojado acaudalado, de Los Tigres del Norte: Adiós, les dice el mojado / que se empapó de sudor / en los campos de Arizona, fábricas de Nueva York…
Las personas cruzan muros, lo hacen sus memorias. Esta es la historia de las mujeres migrantes, retratada en una obra de teatro. Pero las palabras no alcanzan: entonces se socorre al cadáver exquisito hecho con jitomate, uvas, fresas, sombreros, cajas de verdura o fruta.
¿De dónde viene y cuánto cuesta echarle cátsup al huevo o mermelada al pan? El costo no es monetario; es sufrimiento, precarización, suspiros de extrañeza, personas «llorando en posición fetal, extrañando», dice Ana María Hernández, una mujer que trabajó en estas condiciones y al asistir a la obra le exige/exigió a la academia: «Sácalo de lo académico, métele emoción… aunque viajamos con papeles es terrible».
En su intervención Kau Sirenio insiste: «Pregúntense de dónde viene el pepino que tenemos en la mesa». Y él mismo se contesta: «De las personas jornaleras, de las mujeres (…) el bote de pepino de 8-12 kilos lo pagan a peso, aunque las empresas lo compraran a 20 pesos, no le pierden».
No es sorpresa que las representaciones de Omar Guadarrama sean multisensoriales: música, baile, audios, fotografías, textos, olor a jitomate en la tierra.
Sería preciso asistir a la obra para observar de lo que se habla en este texto; aun así, los sentidos se revuelcan, y más de un asistente se conmueve. Se apuesta por la denuncia ante una muestra de la condición humana.
Las remesas, la nostalgia, la precarización son la otra gran cosecha agrícola. ¿Cuáles son los costos de nuestro consumo? Arraigo y desarraigo son parte de un péndulo que va y viene. Producción, distribución y consumo: un sistema voraz que no le pierde y exprime y exprime.
La crítica a la apuesta es que ya no hay cartas, ahora todo se atomiza en mensajes, en videollamadas quizá más efímeros o flotantes que el puño y la letra. Aunque los sentidos del público están acostumbrados a los 3 segundos del video constante, los estímulos son tantos. No es sólo visual; es auditivo, es olfativo; a veces tactil. La apuesta es multisensorial. Y eso abruma. Porque los tres segundos sólo son visuales.
Lo que recuerda que las artes no serán sustituidas, aún, por la inteligencia artificial: aún quedan otros sentidos por estimular. El sentido común, por ejemplo, de que necesitamos más que nunca a las personas migrantes.









